Oro, incienso y mirra

 —¡Feliz noche de Reyes a vosotros también!… Sí, sí, gracias por todo…

Cierro la puerta del almacén de un golpe y me apoyo en ella, resoplando.

Se acabó.

Cada año digo lo mismo, pero juro que esta es la última vez que me meto en algo así. Una cosa son los eventos de empresa; otra muy distinta es la cabalgata de Reyes.
Y este año ha sido directamente infernal. Multitudinaria es decir poco. Caótica es la palabra. Porque a algún genio del marketing se le ocurrió contratar a tres modelos como Reyes Magos.

El resultado: una marea de mujeres y unas cuantas chicas perdiendo la dignidad por una sonrisa, una mirada, una mano enguantada.

—Último esfuerzo, Tess. Deja el inventario para mañana y vete a casa a dormir —me digo, empujándome lejos de la puerta y adentrándome en la sala improvisada como almacén.

Doy un paso… y siento mil agujas clavarse en la planta del pie. Pésima idea la de los tacones hoy. Me los quito sin pensarlo dos veces. Camino descalza sobre el suelo frío, buscando la estantería del fondo. El silencio del almacén es casi reconfortante después de horas de gritos y música.

Hasta que deja de serlo.

—¿Jefa? ¿Qué haces aquí?

Me quedo congelada.

Joder… creí que ya no quedaba nadie.

Me giro hacia la puerta, que hasta hace un segundo juraría que estaba cerrada, y me encuentro con Gaspar apoyado en el marco. Lleva todavía la capa puesta, la camisa abierta hasta la mitad. Mechones de pelo rojizo caen sobre su frente, algunos rozándole esos malditos ojos verdes. Una barba de pocos días, del mismo color, marca una mandíbula que parece esculpida por el mismísimo Miguel Ángel.

Y la sonrisa. La misma sonrisa pícara que me ha regalado desde el primer día del casting.

—Vengo a terminar el inventario —respondo, demasiado consciente de que estoy descalza, despeinada… y sola con él.

Siento sus ojos recorrerme de arriba abajo. Se muerde el labio cuando ve mis pies descalzos.

—Siempre tan responsable —dice, devolviéndome la mirada—. Pensé que después de hoy ya bajarías un poco la guardia…

—Alguien tenía que asegurarse de que Sus Majestades no se llevaran nada que no figurara en la lista.

Gaspar suelta una risa baja y da un paso dentro del almacén.

—Mmm… no sé si tomármelo como acusación o invitación.

Me quedo sin palabras. Llevamos días tonteando, sí, pero nunca imaginé que pudiera estar hablando en serio. Abro la boca para decir algo —¿el qué?, no lo sé—, pero tengo que responder algo, cuando siento una voz grave detrás de mí.

—¿Te has encontrado a la jefa?

Y luego otra.

—Perfecto. Al menos no somos los únicos atrapados.

Trago saliva.

Baltasar y Melchor aparecen desde el pasillo lateral, ya sin coronas, capas abiertas…

De pronto, el almacén se siente mucho más pequeño.

—La puerta principal se ha bloqueado —dice Melchor, encogiéndose de hombros—. ¿Alguna idea? Nuestros teléfonos están sin cobertura aquí abajo.

Miro el reloj.

00:18.

Genial… y por aquí no va a aparecer nadie hasta las 8:00 al menos.

—Supongo que habrá que matar el tiempo de algún modo —dice Gaspar, mirándome como si la noche acabara de empezar.

—Eh… tiene que haber algún modo de comunicar con los de seguridad… —digo mientras busco apresuradamente en mi bolso.

—Vamos, jefa —dice Gaspar, acortando peligrosamente la distancia entre nosotros—. Después de todos estos días de duro trabajo necesitas un…

—¿Descanso? —le interrumpo, poniendo mi mano en su pecho. Una parte de mí quiere frenarlo, pero otra necesitaba una excusa para tocarlo.

Descanso, seguramente —me mira a través de esas pestañas imposibles—, pero tenía en mente más bien una recompensa.

—¿Una recompensa? —repito en voz baja.

Debería apartarme y decir algo profesional y sensato. Pero llevo días aguantando miradas, sonrisas, roces accidentales… y ahora estamos aquí, encerrados.

A la mierda…

Mi mano comienza a bajar por su pecho duro, disfrutando cada centímetro, pasando por esos abdominales que llevo tanto tiempo imaginando y que se tensan bajo mi tacto. Mis dedos se paran en el cinturón. Sus ojos se apartan de mí un segundo para mirar detrás. No sé qué ve, pero cuando vuelve a mirarme, su sonrisa se ha vuelto diabólica.

Tiro de su cinturón hacia mí. El calor de su cuerpo me envuelve mientras empieza a desabrocharme el abrigo. Uno a uno, los botones ceden bajo sus dedos. Cuando termina, coloca las manos a ambos lados de mi cara. En el instante en que su boca encuentra la mía, algo arde dentro de mí. Su lengua se abre paso entre mis labios y yo me rindo, dejándole entrar. Todo lo demás desaparece: el ruido, el cansancio, el estrés de las últimas semanas… se disuelven bajo su beso.

El estómago me da un respingo cuando siento unas manos grandes y firmes agarrar desde detrás de mí las solapas del abrigo, ayudándome a quitármelo. La tela cae al suelo. Esas mismas manos recorren mis brazos despacio, tomándose su tiempo. El aliento cálido en mi cuello llega un segundo antes que los labios. Mis ojos se abren de par en par.

—Respira, jefa… deja que te cuidemos un poco.

Miro hacia atrás y me encuentro con una mirada de ojos oscuros que me atraviesa. Los labios suaves y carnosos de Baltasar recorren mi hombro lenta y deliberadamente.

—Ven aquí —mis labios se adelantan al pensamiento, deseando conocer los suyos.

Él sonríe y se acerca despacio, haciéndose esperar. Cuando por fin nuestros labios se encuentran, soy yo quien lo devora, ansiosa. Mi mano se pierde en su cabello, atrayéndolo hacia mí.

Gaspar desabrocha los botones de mi camisa, besando mi piel a medida que queda al descubierto. Me quita la prenda de una sola pasada, dejándome en mi sujetador de encaje blanco. Rompo el beso para observarlo. Entonces se arrodilla frente a mí para continuar con el pantalón.

Y es ahí cuando veo a Melchor, apoyado en la pared, brazos cruzados, observándolo todo. Su sonrisa no tiene nada que envidiar a la de las otras dos Majestades.

Alargo el brazo y, sin decir una palabra, le hago una seña con el dedo índice. Melchor se incorpora despacio, sin apartar los ojos de mí.

—¿Estás segura de esto, jefa? —pregunta con calma, como si ya conociera la respuesta.

La pregunta me enciende más de lo que debería.

—Si no lo estuviera… no te habría llamado —respondo, sin bajar la mano.

Cuando está lo suficientemente cerca, lo agarro de la camisa y rompo cualquier tipo de distancia entre nosotros, lanzándome a su boca. Y así, con Baltasar a mi espalda, Gaspar entre mis piernas y los labios de Melchor reclamando los míos, puedo decir que esta noche…

La magia ha vuelto a encontrarme.