—¿Bajas? —me pregunta, sujetando la puerta del ascensor con el pie mientras hace malabares con el portátil, el móvil y el café para llevar.
Su voz es grave, suave, con sueño aún. Me da de lleno. Lleva vaqueros entallados, una sudadera grande, de esas que parecen robadas a alguien, y unas Vans que han visto días mejores. No va maquillada, no le hace falta.
Pulsa el botón de la planta baja con un gesto rápido y yo me quedo quieto mirando su reflejo en el espejo del ascensor mientras intenta encontrar las llaves del coche y está a punto de que algo acabe en el suelo.
—¿Te ayudo? —las palabras se me escapan sin pensar.
Me mira por primera vez de frente. Tiene unos ojos enormes, cansados, pero despiertos.
—Está bien, gracias.
Salimos al aire frío de la calle. Se despide, y me quedo unos instantes quieto viendo cómo se aleja con su coleta moviéndose de un lado a otro. Debería irme antes de que se dé la vuelta y esto se vuelva realmente incómodo.
Después de eso, empiezo a aprender sus patrones sin siquiera pretenderlo. Baja casi siempre a la misma hora y parece que siempre llega tarde; lo noto en la forma en que mira el móvil, en cómo aprieta los labios cuando ve la hora. Muchos días también se queda en casa trabajando.
Yo adapto mis horarios sin admitir ante mí mismo que lo estoy haciendo. Salgo un poco antes, un poco después, subo por las escaleras para volver a bajar si la oigo llegar al portal…
No sé cómo se llama, no sé cuántos años tiene, pero sé que son algunos más que yo. Treinta y muchos, cuarenta, quizá. Me da igual. O, mejor dicho, me gusta. Hay algo en cómo ocupa el espacio, en esa mezcla de prisa, cansancio y fuerza, que no veo en las chicas de mi edad. No hay drama, solo una mujer que tiene cosas que hacer y muy poco tiempo para perderlo.
Mi oportunidad llega en forma de un repartidor que se equivoca un martes.
Estoy trabajando desde casa cuando llaman al timbre. Paquete para el 4B, justo un piso por debajo. Debería devolverlo, indicarle al repartidor que solo tiene que bajar un piso más y entregarlo a su verdadera dueña, pero cuando me doy cuenta, estoy sonriendo, firmando la entrega y revisando la etiqueta a toda prisa para descubrir su nombre: Sienna.
Su nombre me golpea. Pienso en cómo sonaría en mis labios mientras bajo los escalones que nos separan. Rápido, lanzo los dados a ver si hoy sigue siendo mi día de suerte y la encuentro en casa.
Llamo a su puerta y ahí está. Me abre distraída, moño medio deshecho, camiseta vieja de concierto —¿sin sujetador?—, leggings y pies descalzos. La casa huele a tostadas y detergente. Detrás, un sofá lleno de juguetes y ropa sin doblar.
—Hola —dice, un poco sorprendida.
Levanto el paquete.
—Creo que esto es tuyo. Se han confundido de piso.
Lo coge y se ríe entre dientes.
—Ay, gracias… Siempre se lían. —Se muerde el labio—. Perdona el desastre.
—No pasa nada —respondo—. Soy tu vecino de arriba. Por si vuelven a liarla.
—El vecino de los Arctic Monkeys, entonces… —dice, como si fuera un título.
El corazón se me acelera un poco más de la cuenta.
—Eh… ¿se oye mucho? Lo siento.
—Es una broma, no se oye tanto… soy yo, que agudizo el oído cuando algo me interesa. Y los Arctic no se escuchan tanto. —Sonríe—. Gracias por el paquete. Te debo una.
—Nada, cuando quieras.
Cierra la puerta con una sonrisa rápida y yo me quedo un segundo quieto en el rellano, respirando el olor que se ha escapado al pasillo, antes de subir de nuevo.
Esa noche, cuando me meto en la cama, la escena se repite en mi cabeza en bucle. El moño, la camiseta, los pies descalzos. No me cuesta nada imaginar cómo se vería esa misma puerta cerrándose con los dos dentro.
–
Empiezo a verla también en el parque.
Llevo semanas saliendo a correr por la zona, pero desde que la vi a ella haciendo lo mismo, digamos que he modificado la ruta.
La veo feliz, cantando en silencio su música mientras mueve los labios. La primera vez que me saluda está roja y sudada, preciosa… y me reconoce.
—Hola, vecino —dice, con media sonrisa—. ¿También corres?
—Lo intento —miento; corro bastante, pero ahora mismo me falta el aire por otra razón—. ¿Siempre vienes a esta hora?
—Siempre que puedo —suspira—. Este es mi rato de no pensar.
“Pues yo pienso demasiado. En ti. A todas horas.«
Me mira de arriba abajo, sin disimulo, evaluando.
—Nos vemos… por aquí. O por el ascensor. O…
Y se marcha corriendo, dejándome con la frase a medio terminar rebotando en la cabeza durante días.
—
Una semana después vuelvo tarde del trabajo. Son casi las diez. He salido a tomar algo con unos compañeros y he regresado con esa sensación incómoda de estar en el sitio equivocado. Demasiado ruido, demasiadas risas fáciles que no me interesan.
Entro en el portal con el cerebro medio apagado y, mientras espero al ascensor, siento una presencia detrás. Sienna… El pelo suelto, húmedo todavía. Huele a ducha reciente y a vino.
—Buenas noches —dice, apoyándose un segundo en el marco.
—Buenas —respondo, tragando saliva—. ¿Subes?
—Sí —responde—. He bajado a tirar la basura… hoy estoy sin peque.
Entra conmigo, pulsa el 4 y luego el 5. El ascensor se pone en marcha.
—¿Y tú… has salido? —pregunta, sin mirarme.
—Sí. Un rato.
Se encoge de hombros, apoyando la espalda en la pared, la cabeza un poco ladeada.
—Con gente del curro. Nada interesante.
—Ya…
La miro. Tiene las mejillas sonrosadas, pero no parece borracha… solo… más relajada. Diferente.
—¿Y tú? —pregunto—. ¿Noche tranquila, entonces?
—No, si puedo evitarlo… no tengo muchas noches libres…
La frase se queda flotando entre los dos. Yo respiro hondo, intentando no imaginar cosas. Es inútil. El ascensor pasa del primero al segundo. Por algún motivo, se para ahí. Se oye un pequeño traqueteo y la luz parpadea un segundo.
Ella levanta la vista al techo, siento cómo se tensa.
Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza; doy un paso hacia ella, como si pudiera protegerla de algo.
—Tranquila, siempre hace el tonto un segundo y luego sigue —digo. Un día me quedé unos segundos atrapado entre el tercero y el cuarto; ya sé cómo va esta mierda.
Pero esta vez tarda un poco más.
Siento cómo el espacio se encoge y ella también lo siente. Me mira. Estamos demasiado cerca, puedo contar sus pecas, las gotas de agua que se han quedado atrapadas en un mechón.
—No te pega tener miedo a los ascensores —digo, por decir algo.
—No tengo miedo a los ascensores —responde, sin apartar la vista—. No tengo miedo.
La frase me recorre entero. Abro la boca para responder cualquier chorrada cuando, por fin, el ascensor vuelve a ponerse en marcha. Sube al tercero, al cuarto… y se abre la puerta en su planta.
Hora de decir buenas noches y seguir mi vida. Eso sería lo lógico.
Pero ella se gira hacia mí antes de cruzar el umbral. Da un paso, lo justo para invadir mi espacio sin llegar a tocarme, y levanta la vista. Sus ojos brillan de una manera que no le he visto antes.
Siento el golpe de calor directo a la entrepierna. Me quedo mudo un segundo. Ella se humedece el labio inferior con la lengua.
—Buenas noches, vecino —dice. Y entonces sí, cruza el umbral.
Justo antes de que la puerta se cierre, se gira un poco, lo justo para pillarme mirándola como un idiota.
—Ah, y… —añade, bajando la voz—. Estoy sola, por si no había quedado claro.
La puerta se cierra.
Me quedo apoyado en la pared, respirando como si hubiera corrido una maratón. El corazón me late tan fuerte que me retumba en las orejas. El ascensor sube al quinto y salgo casi en automático.
Podría inventarme mil excusas, podría decirme que es una fantasía bonita para alimentar mis noches de insomnio, podría convencerme de que lo responsable es dejarlo en el ascensor.
Pero sé, con bastante certeza, que no voy a poder olvidarme de ella.
Giro sobre mis talones y vuelvo a bajar. Llamo a su puerta, tímido, sin tener ni idea de dónde me estoy metiendo, pero sin importarme lo más mínimo si eso significa entrar en su mundo, ese que me lleva volviendo loco semanas.
Abre con una copa en la mano.
—Hola, vecino…
Y esta vez sí, cierra la puerta conmigo dentro.



