Camping

—Shhhh, no queremos que tu hermano nos oiga, ¿verdad? —su voz acaricia mi oído al mismo tiempo que sus labios húmedos rozan mi lóbulo, empapándolo. Siento un escalofrío recorrer mi cuerpo. Mi espalda, alineada perfectamente con su torso, se tensa en cuanto noto su presencia detrás de mí. Él no debería estar aquí.

—No puedes pasarte todo el día mirándome como me estabas mirando hoy y esperar que me comporte bien —susurra, mientras su mano recorre mi costado sin apartar la otra de mi boca.

Noto cómo empieza a endurecerse detrás de mí. No puedo evitar rozarlo con mi trasero, un movimiento sutil, pero él responde agarrándome con más fuerza, sin dejar el mínimo espacio entre nosotros.

—Nos van a oír, ¡estamos en una tienda de campaña! —logro musitar, apartando su mano de mi boca—. Además, es tu mejor amigo, ¿cómo puedes hacerle esto? —respondo con picardía, mirándolo de reojo.

Su risa en mi nuca me entrecorta la respiración.
—Precisamente por eso sé que me perdonará —dice, y en ese momento empieza a besar mi cuello, dejando mordiscos a su paso. Su mano se acerca peligrosamente a mi ropa interior. Puedo sentir su respiración en mi espalda, acompañada de sensuales gruñidos que erizan toda mi piel.

La naturaleza dormida a nuestro alrededor no camufla el sonido que escapa de mis labios en el instante en que sus dedos alcanzan por fin ese lugar que ambos estábamos deseando.

—Pídeme que pare. Pídemelo y lo haré.
—N-no… no puedo.
—Entonces lo único que quiero escuchar de tus labios ahora mismo es mi nombre, gemido como solo tú sabes hacerlo…


Sus dedos acarician en círculos mi entrada; se empapan al instante y siento cómo resopla, exhalando entrecortado.

—Mi chica está siempre lista para mí —saca los dedos empapados y se los mete en la boca—. Deliciosamente lista para mí —dice después de saborearlos.

Entonces los pasa de su boca a la mía. La mezcla de con él, ese olor tan masculino, me hace poner los ojos en blanco; una ola de placer recorre todo mi cuerpo. Chupo, lamo y muerdo sus dedos como si mi vida dependiera de ello.

Cuando los saca de mi boca para dirigirlos de nuevo a mi centro, siento la necesidad de tocarlo. Echo mi brazo hacia atrás, acariciando el cabello de su nuca. Él aprovecha para besar mi brazo desnudo. El frío del exterior crea un contraste exquisito con mi piel ardiendo.

Sus dedos por fin alcanzan mi clítoris y empiezan a jugar con él, haciéndome ver las estrellas. A pesar de tener su mano en mi boca, tengo que morderme el labio porque sé que el sonido que escapará de mis labios no podrá ser camuflado.

—¿Vas a poder correrte sin despertar a todo el camping? —dice con un tono travieso.

El ritmo de sus dedos aumenta, deslizándolos hacia mi entrada. Introduce primero uno de sus grandes dedos, haciéndome estremecer. Agarro con fuerza el pelo de su nuca, tirando de él hacia mí.

—Mmmm… qué posesiva… ¿quieres más?
—Sí… sí, por favor…

Finalmente introduce un segundo dedo, y esta vez no se queda en la superficie, sino que los mete hasta más allá de los nudillos. Siento cómo el orgasmo empieza a construirse en la base de mi espalda. Estoy tan empapada que el sonido de la fricción de sus dedos contra mí puede oírse en toda la tienda, acompañado solo del canto de los grillos y algún que otro gemido que se me escapa.

—Joder, pequeña… me encanta sentir cómo te rompes entre mis brazos. Me matas… eres peor que cualquier droga.

Su voz ronca envía descargas directas a mi bajo vientre, empujándome hacia el orgasmo sin freno.

Debe notarlo también, porque su agarre en mi boca aumenta: sabe que no voy a poder contenerme. Pero el cabrón no baja el ritmo e introduce aún más los dedos, curvándolos justo en el punto que me hace tocar el cielo. Ni siquiera su mano enorme puede contener el sollozo que se me escapa.

Es entonces cuando veo una luz encenderse fuera de la tienda. La voz de mi hermano interrumpe el canto de los grillos.

—¿Dónde coño está Jax?

Abro los ojos como platos. Mi respiración se acelera. Me va a dar algo.

—¿Lista para tener la conversación que llevamos meses evitando? —dice Jax con una carcajada sonora.

Voy a matarlo.

—Va a tener que esperar… porque no he acabado contigo…