Piso 56

Siento los ojos de 10 desconocidos clavados en mí. Miedo, curiosidad… solo los que no saben quién soy se atreven a sostenerme la mirada.

Mi mano, apoyada en una de las puertas a la altura del sensor, no se mueve ni un milímetro. Expresiones que se empiezan a impacientar. Me importa una puta mierda.

Rosas y vainilla inundan mi olfato cuando las puertas automáticas de la calle se abren. Un olor que arranca recuerdos tatuados permanentemente en mi memoria y mi cuerpo reacciona inevitablemente. Yo no aparto mis ojos de aquellos más atrevidos, lo justo para dejar claro que, si alguien tiene algún problema, me lo puede decir a la cara.

Oigo sus tacones apresurados y entro al ascensor, colocándome al fondo, escondiéndome entre esos desconocidos impacientes por llegar a sus oficinas. Cuando gira la esquina y consigue colarse antes de que las puertas se cierren, suelta un pequeño suspiro. Es un gesto simple, pero muestra un lado humano que no suele enseñar y esto me hace perder la cabeza.

Pulsa el botón 56 con una de esas manos con las que tantas veces he soñado e imaginado sobre mi piel. Esas uñas rojas arañando allá por donde pasan, marcando algo que le pertenece desde el primer día que puse mis ojos en ella. La necesito, ahora. Aún no me creo cómo he podido aguantar todo este tiempo sin tenerla a menos de dos metros de mí. Observo su cabello rojizo que cae en ondas sobre su blusa de color negro. Puedo intuir las tonificadas curvas de sus brazos a través de las transparencias de esta. Hoy lleva una falda del mismo color que resalta sus prominentes caderas. Y su culo, jodidamente perfecto, tan apretado, que logro distinguir el encaje de sus bragas. Juro que si veo cualquiera de estos mamones emperifollados mirarla mínimamente de reojo, empezaré a sacar ojos de sus órbitas y hacérselos tragar uno por uno.

Poco a poco, cada uno de estos imbéciles en traje empiezan a bajarse en sus respectivos pisos, y yo sigo apoyado contra el espejo de fondo, sin quitarle los ojos de encima. Cuando el último se baja en el piso 30, quedando solo ella y yo, presiono por fin el botón enviar del mensaje en mi móvil. Que empiece el juego…

31, 36, 45… el ascensor comienza a coger velocidad, hasta que deja de hacerlo, justo entre el 55 y el 56. La frenada no es brusca, pero sí hace que ella se desestabilice un poco y tenga que agarrarse a la pared. Hay un parpadeo de luces y, finalmente, la oscuridad se hace dueña de este cubículo que está a punto de convertirse en mi lugar favorito en la faz de la tierra.

—Joder… —su voz agitada, o más bien molesta, retumba por las paredes.

Oigo cómo intenta presionar varias veces los botones del ascensor sin éxito. Entonces empieza a buscar algo en su bolso. Cuando doy el primer paso hacia ella, se para en seco y deja de respirar.

—¿H-hola? —dice con un temblor en su voz que no reconozco. Nunca pensé que el miedo en ella sería algo que me volviera tan loco. Una leve risa en forma de suspiro sale de mí. Ella no se gira, sé que me ha reconocido, nada se le escapa.

Rompo por fin la distancia entre nosotros, me coloco detrás de ella aferrando mis manos a su cintura y caderas como si fuera mi único anclaje a este mundo, apretando con fuerza. Agacho mi cabeza y entierro mi cara en su pelo, detrás de su oreja. Inhalo fuerte como en un intento de mantener su olor dentro de mí para siempre. Ella inclina el cuello, dándome todo el acceso que necesito, una compenetración única que solo existe entre nosotros.

—Me cago en la puta, cómo te he echado de menos —le digo con un susurro al oído.

—Cuida tus palabras, Adam —me dice; el temblor en su voz ha desaparecido y ese tono frío pero suave que la caracteriza vuelve a salir de su boca.

—Perdón —carraspeo—. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que pude estar tan cerca de ti, a solas.

—Hay otros métodos para tenerme a solas sin necesidad de parar uno de los ascensores del edificio más importante de la ciudad.

Las luces vuelven a cobrar vida y el hecho de poder no solo tocarla, respirarla, sino también verla, es un regalo para mis sentidos.

—Mmmm… quería sorprenderte. Además, sé que en cuanto cruzas esas puertas es muy difícil poder acceder a ti.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —pregunta ajustándose el reloj a la muñeca.

—Todo el que necesites.

—Bien. Ya conoces las reglas, Adam, no me hagas esperar.

—Sí, señora…

La rodeo sin apartar mis manos de su cintura hasta que me encuentro delante de ella. Mis ojos se clavan en los suyos y me empiezo a quitar la chaqueta mientras mis rodillas tocan el suelo una detrás de la otra. Ha llegado el momento de adorarla… y yo no puedo esperar ni un puto segundo más.


Dejo caer mi chaqueta al suelo y sin apartarle la mirada empiezo a desabrochar mi camisa. Sus manos acarician suavemente mi pelo. El contacto directo de estas sobre mí hace que mis hombros se relajen casi de manera automática, una oleada que desciende desde mi cabeza relajando cada centímetro de mi cuerpo. Finalmente, su dedo índice comienza a bajar por mi frente, mi nariz, hasta llegar a mis labios donde se detiene.

—Abre.

Su voz, baja y delicada, me hace obedecer al instante. Saboreando su deliciosa piel en mi lengua, mis papilas inundadas de ella, me hacen poner los ojos en blanco. Joder, cómo la necesitaba. Su dedo inmóvil dentro de mi boca me permite jugar con él, chupando, mordiendo ligeramente… como sé exactamente que ella adora.

Acabo de quitarme la camisa. Mi pecho al descubierto delante de ella anhela su toque como agua en el jodido desierto. Mi respiración se acelera cuando veo una medio sonrisa dibujarse en sus labios.

—Nuevos tatuajes —su lengua toca ligeramente el borde de su boca y mi polla vibra ante la visión—. Veo también que te has puesto más… ¿fuerte?

Retira su dedo de mi boca para dejarme hablar, pero no lo aparta de mis labios, rozándolos levemente.

—Me dijiste que te gustaban… quería estar a la altura.

Buen chico —dice mientras sus dedos pellizcan mi barbilla.

Cuando se gira sobre sus tacones dejándome su delicioso y turgente culo a la altura de mis ojos me paralizo por un segundo. Su voz decisiva y segura me saca de la parálisis.

—Blusa.

Mis piernas reaccionan casi como un muelle y en un segundo estoy posicionado detrás de ella. Con una delicadeza eterna, se coloca el pelo sobre su hombro, dándome acceso a la línea de botones que cierran su blusa. Mis dedos temblorosos comienzan a desabrochar uno a uno y la visión de su piel según avanzo es un regalo para mis ojos. ¿Cómo puede ser tan perfecta?

Con el último botón, la ayudo a quitársela y la dejo caer sobre la mía. Veo su reflejo en el espejo delante de mí y estoy seguro de que mis pantalones podrían explotar de un momento a otro. Un sujetador de encaje negro abraza las tetas más perfectas que he podido tocar. Son grandes y jodidamente carnosas. Puedo intuir sus pezones duros a través de la fina tela. Mis dedos se contraen nerviosamente, necesitan sentirlos, pellizcarlos, agarrarlos con fuerza. Mi boca saliva imaginándose su tacto rugoso en ella. Pero no puedo. Conozco las reglas. Aún no.

Da tres pasos hacia el espejo, alejándose de mí. Sus caderas contoneándose con cada paso me hipnotizan. Cuando llega al otro lado se gira y apoya el culo y ambas manos contra el pasamanos. Su mirada me consume, sabe cómo volverme loco con cada gesto suyo.

—Te quiero aquí a mis pies, Adam.

—S-sí, señora… —joder, me tiembla hasta la voz.

Me apresuro a seguirla y posicionarme de rodillas, mi culo apoyado en mis talones. La miro desde abajo, trago saliva como puedo dejando mis labios entreabiertos.

—Relájate, cariño, lo estás haciendo muy bien —dice mientras me acaricia la mejilla con su mano.

Mis ojos se cierran con su toque y me relajo al instante, mis rodillas y piernas se abren aún más, lo que me permite reclinarme, casi apoyando las manos en el suelo.

—Eso es. Ahora desabróchate los pantalones y déjame ver lo grande y duro que estás para mí.

Que alguien me mate ahora mismo. Jo-der. Mis manos obedecen sin dudarlo y cuando mi polla se libera puedo prácticamente oírla decir gracias.

Se muerde el labio mientras me observa de arriba hacia abajo y yo siento un escalofrío recorrer cada célula de mi cuerpo cuando siento su pie desnudo sobre mi polla. ¿En qué momento se ha quitado el zapato? Estoy demasiado perdido en sus ojos como para darme cuenta.

Poco a poco, su pie comienza a subir y bajar por toda mi longitud, presionando en ocasiones. Yo cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás. Un gemido sale por fin de mi boca.

—Mira lo desesperado que estás. Te encanta cuando te uso así, ¿verdad? —dice, su voz dulce y suave como la miel.

—Sí, sí, por favor… necesito… necesito…

—¿Qué necesitas, Adam?

—Tocarte, por favor, necesito tocarte.

Mi voz casi se pierde en la última palabra, me cuesta un mundo articular cuando su ritmo brutal sobre mí no decae.

—Oh, cariño, ¿tanto tiempo separados ha hecho que se te olviden las reglas?

—No, señora, no las he olvidado.

—Dímelas.

—No puedo tocarte hasta que no me lo digas —digo casi entre jadeos—. No puedo correrme hasta que no me lo digas.

—Así es. No las olvides —dice mientras se inclina hasta que su nariz roza la mía.

Coloca su mano en mi mandíbula, aprieta ligeramente haciendo que mis labios se abran para ella. Saca su lengua y recorre lentamente la comisura de ellos para finalmente buscar acceso dentro de mi boca. Su mano se desliza hacia mi nuca, tirando de mí para hacer que nuestras bocas se unan en un beso que me para el puto corazón. Tengo que clavar mis manos como garras en mis rodillas para evitar que se lancen a tocarla.

El beso es lento y deliberado pero con una fuerza que me desborda. Nuestras lenguas juegan, girando, acariciando y empapando mis labios. Su pie sigue el ritmo de su boca, perfectamente sincronizados me llevan casi al borde del precipicio. En el momento en el que un leve gemido sale de su boca, estoy convencido de que me voy a tener que saltar una de las dos reglas… aún no sé cuál, pero alguna seguro.

Ella tiene que notar que estoy a punto de cagarla porque aleja su boca de la mía, irguiéndose. Sus manos dejan mi pelo. Su pie vuelve a tocar el suelo. Yo me siento vacío pero a punto de explotar al mismo tiempo. Me siento hambriento y sediento de ella. Mi respiración agitada hace que mi pecho suba y baje exageradamente.

Puedo solo mirarla, suplicarle con la mirada. Si me hace esperar más, tendré que hacerlo con palabras, porque no puedo aguantar más. Mis manos dejan marcas sobre mis rodillas por el duro agarre que estoy obligado a hacer.

Ella… sonríe.

—Ok, Adam, puedes tocarme.

Casi no la dejo acabar la frase. Me lanzo sobre ella con la fuerza de un torpedo. Agarro su cara con fuerza y la beso como si fuera la primera y última vez que lo podré hacer. Acerco todo mi cuerpo al suyo, aprisionándola contra el pasamanos y el espejo. Restriego mi polla contra su estómago, creando una fricción que me hace ver la puñetera Vía Láctea.

Ella me deja. Me regala este momento de poder donde mi único objetivo es hacerla sentir bien. Quiero que sienta todo. Como solo ella merece.

Mis manos descienden hasta sus tetas donde por fin puedo jugar con esos pezones que me llevan llamando desde que le quité la blusa. Agarro con fuerza una y lanzo mi boca a ella. A través de la fina tela, muerdo el pezón, algo del encaje en contacto con mi lengua me hace temblar. Sus manos en mi pelo de nuevo me empujan a hacerlo con más fuerza. Y yo continúo chupando, mordiendo y besando ese cuerpo que nació para ser adorado por mí.

Entonces se gira. Apoya ambas manos en el espejo y empuja su culo contra mi polla. Yo siseo. Un dolor lleno de placer que me deja sin aliento. Dirijo mi boca a su cuello, respirándola, muerdo… fuerte. Mis manos se lanzan a sus caderas, agarrándolas con fuerza mientras le restriego mi suplicante miembro en su culo.

—Tengo tanta suerte de ser tuyo —digo prácticamente jadeando en su oído—. Gracias… gracias… gracias.

Una palabra que tengo reservada solo para ella. Nadie más. Entonces sonríe, echando su cabeza hacia atrás mientras acaricia mi nuca. Necesito encontrar la cremallera de esta puta falda o esto va a acabar mal. No le gusta cuando rompo su ropa, especialmente la de oficina… Mis manos buscan desesperadamente y cuando por fin la encuentran siento mi polla palpitar por la anticipación. La ayudo a bajársela. Tan jodidamente apretada que tengo que hacer un esfuerzo para hacerla llegar hasta los tobillos.

El tanga negro que lleva nubla mi vista. No quiero quitárselo. Le queda demasiado bien. Mis dedos llegan a esa zona empapada y los dejo deleitarse. Ella suelta otro gemido y sé que he llegado a mi límite. Le aparto el tanga como puedo y la penetro con fuerza.

Y es en ese momento. Ese preciso momento que llevo meses esperando. Enterrado hasta el fondo en la mujer por la que abro los ojos cada mañana… el ascensor suena y comienza a moverse. El inevitable pitido del piso 56 está a punto de llegar.

Mierda… hoy no tenía pensado tener que matar a nadie… joder.