—Estoy ridículo… mi cuerpo no está hecho para un esmoquin.
Aparto la mirada de la ventana y me giro hacia él, observándolo detenidamente desde la distancia. Efectivamente, su cuerpo no está hecho para este tipo de ropa. La chaqueta parece pedir piedad intentando contener sus enormes brazos y hombros. El botón central de su camisa se abre ligeramente a pesar de sus intentos por separarlo de su pecho. Los pantalones son prácticamente una segunda piel sobre sus piernas. Como toque final, el negro de la tela contrasta violentamente con su pelo rubio platino, casi blanco. Antítesis absoluta de sus habituales pantalones cargo y sudadera de Rock Band de los 90.
—Afirmativo, estás ridículo —digo, resoplando—. Podrías al menos peinarte; un poco de gel no hace daño.
No puedo apartar mi mirada de ese mechón de pelo que queda entre sus ojos color acero.
—Ni de coña —dice, despeinándose aún más—. Drake Vance no usa geles ni gilipolleces; ya te estoy haciendo un gran favor con el puto traje, Theo.
Mi nombre en su boca me crea una sensación de vacío en el estómago. ¿Qué cojones me está pasando?
Llevamos diez días de preparación para esta operación. Diez días pegados prácticamente el uno al otro, salvo para dormir y ducharnos. Es normal que haya dejado ya de lado «Agente Hale»; no me tendría que sorprender.
—Bueno, acuérdate de que no vamos a poder comunicar los primeros treinta minutos —digo mientras me ajusto los gemelos en mi camisa—. ¿Tienes claras todas las reglas que te dije durante ese tiempo en que vamos a estar incomunicados?
—Sí, sí, sí… —me dice mientras intenta acomodar la chaqueta como puede—. Todo claro. No es mi primera misión de infiltrado en una gala de ricachones.
—Confío en ti, agente Vance —digo, dirigiéndome a la puerta.
—Agente Hale… —me giro para encontrarme a Drake con una sonrisa de oreja a oreja—. Tú también estás ridículo.
La gran sala, iluminada por cientos de velas, es el escenario perfecto para este tipo de eventos, donde sus invitados pagan bien por mantener el anonimato.
Todo sigue el plan al milímetro… hasta exactamente treinta minutos después de entrar.
—Canal abierto, V. Informe.
Oigo el ruido de la fiesta al otro lado del auricular, pero no hay señal de Drake.
—Informe, V.
El pulso empieza a acelerarse cuando es su risa lo que oigo en mi oído izquierdo.
—¿V?
Un carraspeo.
—En orden, Profesor.
Enfatiza la última palabra, arrastrándola ligeramente.
Suelto un suspiro, pero no de alivio.
—Ese nombre en clave nunca fue aprobado.
—Relájate, Profesor.
Joder, este hombre.
—¿Visual del objetivo? —pregunto, resignado.
—Theo… —su voz suena cada vez más arrastrada—, te mentí antes…
—Sin nombres —lo interrumpo; mi preocupación aumenta por momentos.
—Esss mi primera misión en una gala de ricachones…
—No me digas.
—Sí… y… no estás ridículo con ese traje. Te queda… te queda… —dice arrastrando las palabras—. Pero el gel no te queda bien; me gusta más cuando dejas los rizos… ¿salvajes?
Me cago en…
—V, dime que no has bebido o comido nada desde que has entrado.
—Ehhh… Solo una copa de champán, pero me lo ha ofrecido un bombón de ojos verdes y un vestido rojo muy, muyyy apretado. Tenías que haberla visto, Theo…
—Posición.
—No… no estoy seguro, todo da vueltas. ¿Chimenea?
—No te muevas de ahí.
Mi corazón late a un ritmo preocupante hasta que veo su cabellera rubia a lo lejos. Está apoyado en la barandilla, con la cabeza inclinada, respirando entrecortadamente. Me acerco por detrás y, posicionándome a su lado, paso mi mano por su cintura. Sus ojos se giran hacia mí; parpadea lento, mirada desenfocada; el gris ha sido prácticamente consumido por las pupilas.
—¡Theo! —dice con una sonrisa que le ilumina la cara, y mi corazón se acelera de nuevo.
—Voy a sacarte de aquí; agárrate a mí.
Drake es prácticamente un peso muerto en el momento en que llegamos a la habitación del hotel. Somos de la misma altura, pero es bastante más grande que yo, por lo que tengo que hacer un gran esfuerzo para abrir la puerta.
Por el camino no ha hecho otra cosa que balbucear diciendo cosas como «no es culpa mía», «en mis misiones no hay problemas de drogas en copas de champán; más bien evitar balas y cuchillos».
Mis brazos vuelven a respirar cuando por fin lo dejo caer en la cama. Yo lo observo desde los pies de esta, pensando los mil escenarios posibles que tengo delante.
—¿La… la misión? Las chicas… —balbucea.
—He avisado a Parker; han mandado refuerzos. Todo bajo control.
—Bien… bien… —dice mientras gira la cabeza de un lado al otro—. Chaqueta aprieta —sus manos luchan por desabrochar los botones.
Con un suspiro resignado, me acerco, sentándome en el borde de la cama. Dudo un momento, pero empiezo a ayudarle a desabrocharla.
—Siéntate —le digo, ayudándolo a incorporarse.
Intento quitarle la chaqueta desde la distancia, pero es imposible. Me acerco más a él y su olor me inunda. No es el típico olor de perfume caro. Huele a madera con un toque ahumado, a cuero almizclado. Mis pensamientos se nublan por un instante.
Drake apoya su cabeza en ambas manos, gruñendo entre dientes.
Con la chaqueta en mano, empiezo a levantarme, pero su mano se lanza a mi antebrazo, parándome en el intento.
—No, espera —alza la mirada, ojos entreabiertos que luchan por no cerrarse—. ¿Por qué no me llamas Drake?
Yo me quedo mudo; no logro producir palabra. Siento cómo el sudor se empieza a acumular en mi nuca.
—Intenta dormir, Vance —le digo mientras quito su mano de mi brazo.
—No —sus dedos se aferran con más fuerza a mí—; no te vayas —dice, apoyando su cabeza en mi hombro.
—Ok, ok —logro decir mientras siento todo su peso caer sobre mi pecho.
Intento respirar profundamente para calmar el puto acelerón en mi pecho. Son los efectos del GHB: euforia, desinhibición, todo cuadra. En cuanto su cuerpo se libere de esta, todo volverá a ser como antes.
Poco a poco, su cuerpo empuja al mío hacia abajo. Yo paso un brazo sobre sus hombros mientras me acomodo en la almohada. Su cabeza encajada perfectamente entre mi pecho y mi cuello. No pasan más de dos segundos cuando siento un leve ronquido saliendo de su boca. Yo suelto un suspiro que me doy cuenta que llevaba tiempo aguantándome.
—Buenas noches, Drake.
Un hilo de luz atraviesa la cortina entreabierta, apuntando directamente a mis ojos. Frunzo la mirada e intento cubrirme con mi brazo. Drake sigue durmiendo plácidamente sobre mí. No sé cómo lo ha hecho, pero durante la noche ha conseguido quitarse la camisa y los pantalones. Una de sus enormes piernas descansa sobre las mías, aprisionándome contra el colchón.
Yo, en cambio, he conseguido solo quitarme las gafas, los zapatos y la chaqueta. Cada intento de movimiento por mi parte hacía que su agarre aumentara aún más.
Mi pulso se acelera cuando siento su mano subir por mi pecho, apoyando los dedos en mi cuello; el pulgar descansa justo debajo de mi nuez.
Mi boca se reseca en el momento en que empieza a hacer círculos con el pulgar.
La dosis de GHB que le dieron tuvo que ser muy alta para que siga en este estado.
—¿Vance? —le digo con un tono serio, casi un susurro.
—Mmmm —el sonido de su garganta vibra en mi pecho.
Su cabeza se inclina hacia arriba y siento su nariz rozar mi barbilla, la calidez de sus labios que acarician la piel sensible bajo mi mandíbula, y un escalofrío me recorre la espalda. La piel de mis brazos se eriza al instante y el aire se me escapa en una respiración demasiado temblorosa.
—Vance… —un susurro que es casi un gemido sale de mi boca.
Sus labios se detienen contra mi cuello. Todo su cuerpo se paraliza.
Luego suelta una pequeña risa contra mi piel.
—Eso no ha sonado muy profesional, Hale.
Alza la cabeza para clavarme esa mirada que tantas veces me ha llevado al borde de perder el control. Se muerde ligeramente el labio inferior y comienza a acercarse a mí muy lentamente. Sus ojos se desvían a mi boca. Yo entreabro los labios de manera inconsciente, pero los cierro de inmediato, intentando recuperar el control de mi cuerpo.
Sus labios quedan a escasos milímetros de los míos. Siento el calor de su aliento cuando habla.
—Siempre tan contenido… —murmura.
Roza apenas mi boca con la suya. Un contacto breve, casi inexistente, como si estuviera probando mi reacción.
—Tan… cuidadoso.
Su lengua se desliza apenas por el borde de mi labio inferior antes de apartarse un milímetro.
El aire se me atasca en el pecho.
—Son… los efectos de la droga… —consigo decir, aunque mi voz suena mucho menos convencida de lo que debería.
Drake suelta una carcajada, baja y ronca.
—Hale… —dice, sacudiendo ligeramente la cabeza—. Hace horas que sé perfectamente lo que estoy haciendo.
Sus ojos se clavan en los míos un instante. No me da tiempo a respirar. Sus labios chocan brutalmente contra los míos, que los reciben con un hambre que llevaba contenida demasiado tiempo. Una mano se lanza a mi nuca, agarrando mi pelo y atrayéndome hacia él. Su lengua, grande y fuerte, se abre paso para rodear la mía. No hay duda ni vacilación. Drake sabe lo que quiere y no tiene problemas para conseguirlo. Su pecho se apoya contra el mío, rompiendo toda distancia entre nosotros. La dureza de este me descoloca. El peso de su cuerpo contra el mío me sobresalta. Siento su polla endurecerse en mi muslo y mi cuerpo reacciona inmediatamente, creando una fricción contra ella que es casi dolorosa. Todo se siente tan diferente, pero a la vez tan real.
Mis manos aferran con fuerza ambos lados de su cara; mis dedos se entrelazan con su pelo. Drake succiona mi labio inferior y lo muerde con fuerza, tirándolo hacia él, pero su lengua vuelve al segundo a mi boca de nuevo.
Su mano deja mi cara, deslizándola hacia mi cuello, donde se detiene para abrazar con los dedos ambos lados y aprietan con fuerza. Rompiendo el beso, me mira fijamente, casi con rabia, mientras me clava la polla en el muslo, moviéndose lentamente de arriba hacia abajo.
—Así —dice, empujando fuertemente—, así me has tenido diez putos días.
Sus labios chocan de nuevo con los míos y el agarre de su mano contra mi cuello se hace aún más fuerte. Cuando creo que voy a quedarme sin aire, su mano desciende hacia mi pecho, agarrando el borde de la camisa; la abre de un tirón, los botones saliendo despedidos por toda la habitación. Con mi pecho al descubierto, lo acaricia ligeramente, pero continúa su camino por los abdominales sin detenerse hasta la hebilla de mi cinturón. En cuestión de cinco segundos tengo su mano agarrando fuertemente mi polla, moviéndose lentamente de arriba a abajo.
—Joder, Drake —intento decir entre sus labios.
Interrumpe el beso; su mirada no me deja ni un segundo mientras su mano deja mi polla y la dirige hacia mi boca.
—Escupe.
Suelto una leve risa, pero obedezco al instante. Sin apartar los ojos, él también escupe en su propia mano y, con una sonrisa que me deja sin aire, agarra de nuevo mi polla. Esta vez el toque mojado me hace poner los ojos en blanco, echando mi cabeza hacia atrás con un gemido. Su boca se dirige inmediatamente a mi cuello, donde besa, lame y muerde, mientras su mano comienza a moverse con un ritmo devastador. Yo mantengo mi cabeza inclinada para darle todo el acceso, dejándolo que me devore.
Su ritmo es frenético, pero yo siento que necesito más; tengo todo su cuerpo sobre mí, pero no es suficiente, quiero más. Mi mano se lanza sobre la suya en mi polla y aprieto su agarre.
—Más, Drake, más… —digo entre jadeos.
Él se ríe sobre mi piel. Su mano en mi polla se libera y baja a mis pelotas, masajeándolas con la palma. Cuando siento uno de sus dedos rozar mi ano, un rayo cargado de energía sube desde la base hasta que sale en forma de gemido por mi boca.
—Eso es, buen chico —dice, sin apartar su mano—. ¿Sigues queriendo más?
—Sí, joder, sí.
Su dedo continúa haciendo círculos lentamente por el borde mientras me masajea los huevos sin detenerse. Mi mano mantiene su ritmo en mi polla. Drake frota la suya sobre mi pierna, movimientos lentos y jodidamente deliberados que me hacen perder el control.
Lo agarro del pelo, echándole la cabeza hacia atrás, y lo beso con fuerza.
—No pares, no pares, no pares… —susurro contra su boca.
—Ni de coña —dice, mordiéndome el labio e introduciendo ligeramente su dedo unos centímetros.
Un grito se escapa de mi boca; mi visión se nubla por completo y yo caigo al vacío. Entierro la nuca en la almohada mientras me corro con fuerza, sintiendo al instante el líquido caliente caer sobre mi mano y abdomen, empapándome.
Mi cuerpo queda completamente inerte, ambos brazos cayendo a la cama sin ninguna delicadeza. Cuando logro por fin abrir los ojos, me encuentro con la mirada de Drake, ojos desorbitados mirándome de arriba abajo. Una sonrisa maléfica se dibuja en su cara justo antes de hablar.
—Wow… —dice, soltando un silbido mientras se roza la cara con el reverso de su mano—. Ya sé con lo que me voy a entretener el resto del día…
—No me jodas, Drake.
Me clava los ojos de nuevo, alzando una ceja con una medio sonrisa desafiante.
—Es lo que llevo deseando hacer desde que te vi por primera vez. Pero antes… quiero rellenarte esa boca que tanto me gusta. De rodillas, agente Hale.



