Amiga invisible

 Este año decidimos que el amigo invisible tenía que ser hecho a mano. Nada de gastar dinero o comprar más cosas inútiles. Algo personal, algo que no se pudiera devolver.

La idea surgió entre risas y copas de vino con el mismo grupo de siempre, sentados alrededor de una mesa demasiado pequeña, como siempre, platos compartidos y conversaciones cruzadas. Más de veinte años; la vida nos ha repartido por medio mundo a muchos, pero nuestra cena de primavera y nuestro intercambio de regalos siempre vuelve y yo nunca me aburriré de ellos ni de cómo el tiempo se para cuando estamos juntos.

Tras tres intentos fallidos y muchas risas creyendo que nunca conseguiríamos que a nadie le tocase él mismo, lo logramos, y a mí me tocó ella. Y lo supe en el instante exacto en el que leí su nombre: no iba a ser capaz de fingir que aquello era un regalo cualquiera.

Le di demasiadas vueltas a qué podía regalarle, no quería que fuera cualquier chorrada que pudiera darle cualquier otra amiga, porque yo no soy otra amiga en absoluto.

Así que hice algo que llevaba demasiado tiempo sin hacer, pero que siempre me reconforta: escribir. Mi regalo sería una carta.

La cena es como todas, y agradezco a la vida estar rodeada de gente a la que quiero tanto y que sé que me sostendrá siempre, porque me tiemblan las rodillas desde el mismo instante en el que la veo aparecer con esa blusa llena de transparencias y el collar que le regalé en su último cumpleaños. Me señala desde lejos, haciéndome un gesto para contarme que se lo ha puesto, y yo solo puedo mirar cómo cae su melena por los hombros y pensar en cómo se sentiría su piel entre mis manos.

—¿Lei? —una voz familiar me saca de mi ensoñación.

—¿Qué? Oh, perdona, Vega, estaba ida ahora mismo… ¿qué me has dicho?

—No hace falta que lo jures… ¿qué te pasa, joder, Leila? Llevas toda la noche ausente y súper nerviosa, ¿te encuentras mal?

—No, no… todo bien… es un poco de dolor de cabeza…

Pero mis ojos me vuelven a traicionar y se desvían hacia ella de nuevo. Está con otra de nuestras amigas, muerta de la risa y absolutamente preciosa.

—Empieza por D, sí… pero no es dolor de cabeza

—¡¿Cómo?! —balbuceo descontroladamente mientras Vega me mira con su cara de me las sé todas, y decido suspirar y asentir, porque debo ser bastante menos sutil de lo que me pienso…

—Está bien, Lei… conmigo no tienes que fingir… pero ¿de verdad quieres dejar pasar otro año sin saber qué podría pasar? Hazme un favor y haz algo… necesito estímulos nuevos, mi editora ya me está presionando para publicar y apenas hace dos meses del último lanzamiento.

Vega me saca una sonrisa y me relajo un poco.

—Ya te digo que voy a hacer algo… lo que no sé es si saldré viva de esta.

Cuando llega el momento de repartir los regalos, la casa se llena de papeles reciclados, tarros con galletas, velas torcidas, dibujos con mucha intención y, sobre todo, muchas risas. Cuando al fin llega su turno, le extiendo un sobre sencillo y le indico con gestos exagerados:

“Luego”.

Ella lo coge y se detiene mirando el sobre lo que me parece demasiado tiempo.

—Luego —repite.

Terminar la ronda de regalos se me hace eterno y, en cuanto el último termina su paquete, salgo a la cocina con la excusa de ponerme a recoger. Me apoyo en la encimera, respiro hondo, trato de bajar el pulso mientras repito en mi cabeza todas las palabras que he volcado en esa hoja. No sé cuánto tiempo paso así, huyendo de mis propias decisiones, cuando su voz me saca de golpe del ataque de pánico.

—¿Te estás escondiendo?

—Un poco —admito—. Estoy un poco sobrepasada hoy… ahora pensaba salir de nuevo, tranquila.

—La he leído —me anuncia mientras cierra la puerta de la cocina—. No podía aguantar la intriga.

Calor. Expectativa. Miedo.

—No, no… eh… era mejor en casa… —añado.

—Bueno —sonríe—. A mí me ha gustado leerla ahora.

Se acerca lentamente y el espacio entre nosotras se vuelve demasiado asfixiante. Las luces del salón y las voces de nuestros amigos cantando karaoke a todo pulmón se cuelan por debajo de la rendija de la puerta, y yo trato de concentrarme en algo que no sea el pulso en mi pecho, en mis manos, en la cabeza.

—La parte de la lluvia… —empieza.

Se queda quieta. Su mirada baja a mis labios. Uno de sus dedos roza el interior de mi mano.

—Recuerdo ese día… —dice al fin.

Y un instante después, sus labios están sobre los míos, lentos, seguros, tan suaves como siempre imaginé que serían. Es solamente un roce leve, una respuesta a cada una de las palabras que he volcado en esa carta, pero cuando los separa siento un vacío tan grande que olvido cómo tenía que respirar.

El mundo se reduce a su contacto. Sus manos se enredan con más intención en las mías ahora, su frente se apoya en la mía y me dice entre susurros:

—Gracias…

Su agradecimiento me confunde de inmediato. ¿Gracias? Es lo último que esperaba escuchar ahora mismo.

—¿Qué quieres decir? ¿Gracias por qué?

—Por atreverte por las dos.

Su boca regresa de golpe a la mía y ya no es un beso casto. Nuestras lenguas se encuentran en un baile de deseo que llevaba gestándose demasiado tiempo, y mis manos viajan solas hacia su pelo, ese pelo que tantas veces he deseado tocar, oler más de cerca. Bajo hasta su cuello y la sujeto con firmeza, acercándola más a mí.

—Esto no estaba en las normas del amigo invisible —me dice, separándose un instante para coger aire.

Sonrío. No puedo sentirme más feliz.

La puerta se abre de golpe y el ruido del salón entra sin permiso.

—¡Venid, chicas! Luego terminamos de recoger, vamos a hacernos una foto todos juntos —anuncia a gritos Alex, y vuelve a cerrar tras de sí.

—Luego seguimos… —me dice, con la voz más sexy que he escuchado en toda mi vida, mientras me planta un último beso en los labios y me agarra de la mano para salir.

Esa noche también llovió.

Creo que hay pocas cosas que sean más boomers que escribir una carta… pero esta es la forma que he encontrado para celebrar contigo. La idea de los regalos handmade fue tuya, no lo olvides.
Desde que volviste de París y pudimos retomar nuestra amistad más de cerca, te has convertido en parte de muchas de mis rutinas, y hay días en los que todavía me sorprende que hayas entrado hasta el fondo y sin permiso. No esperaba retomar una amistad así «a nuestra edad», pero está claro que la vida siempre tiene preparado un giro, y tú llegaste con esa naturalidad tuya, como si entraras en una habitación que ya conocieras de sobra. Y desde entonces no he sabido volver a cerrarte la puerta, porque cada emoción que se mueve en mí cuando estamos juntas es como ir pasando páginas de un libro escrito en un idioma que no conoces, pero que de algún modo te resulta familiar y reconfortante. Porque eres todas las cosas que ya no esperaba, eres todas las sensaciones que había olvidado, eres todas las miradas que no sabía que necesitaba, las risas y las lágrimas que reconfortan el alma en lo más profundo.
Estos meses a tu lado me han devuelto a la amiga que no sabía que echaba tantísimo de menos, y nos hemos convertido en dos personas que se necesitan, se apoyan, se hacen reír y se buscan en cualquier momento para tomarse juntas un café de «media hora» que siempre acaba siendo más… contigo todo siempre acaba siendo mucho más. Todo. Así que, aprovechando la excusa del regalo, voy a confesarte algunas cosas que sé que me desordenarían la voz por completo si te las dijese directamente… porque aún a mí misma me cuesta entender todo esto que siento y que es tan nuevo y diferente, pero es que ahora mismo lo ocupa todo y lo necesito sacar. Igual ya me vas captando… porque creo que la sutileza está dejando de ser mi aliada últimamente…
Porque está en la forma en la que te miro cuando no me ves, en cómo sonrío por dentro cuando te escucho decir mi nombre, en las sonrisas que me arrancas cada vez que recibo un mensaje tuyo, en la facilidad con la que llegas a mí incluso cuando tengo todas las defensas levantadas. Y llevo meses intentando ponerle otros nombres, porque… ¿ahora? ¿y esto? ¿de dónde sale y por qué? Créeme que me ha costado desvelos admitirlo, porque carecía de toda lógica para mí. Pero ya no quiero mentirme, y ya no quiero mentirte… porque mi regalo es ser honesta contigo y dejarte que puedas elegir. Porque te quiero a la distancia que tú decidas, pero consciente de esta verdad.
Me llevas robando el sueño desde aquella noche en que la lluvia nos pilló desprevenidas… empapadas y sin poder parar de reír de algo que ni recuerdo. Me descubrí mirándote como si acabara de descubrir una emoción nueva, y así fue… mi cuerpo, mi mente y todo mi ser reconocieron en ese momento que lo que me hacías sentir estaba lejos de ser una amistad, y que las cosas que pensaba al ver tu risa, tus labios, no eran propias de dos amigas. Porque quería besarte… quería besarte con todas mis fuerzas. Quería saber cómo se sentían tus labios, si de verdad eran tan suaves como me estaba imaginando. Quería saber cómo olería tu piel a esa distancia, cómo sería acariciar tu cabeza suavemente mientras mi boca se encontraba con la tuya lentamente y exploraba cada centímetro de esta emoción que me desborda.
Pero es que yo nunca había querido besar a una mujer, y tú eras mi amiga… y aquellos pensamientos impactaron en mí con tanta fuerza que no pude dormir en toda la noche. No escribo esta carta para cambiar tu vida, ni la mía, ni para llevarte a tomar ninguna decisión. No quiero ponerte en un lugar incómodo, pero me importas lo suficiente como para dejar de mentirnos, y no quiero que haya una sola persona en el mundo, y menos tú, a la que yo le oculte más esta verdad.
Porque lo eres todo para mí, incluso aunque no puedas corresponderme. No puedo vivir ni un solo día más con esto dentro sin saber si, como a veces siento, hay una posibilidad. Porque aunque este sentimiento no sea compartido, y espero y anhelo que sí lo sea, encontraremos la manera de manejarlo juntas, porque voy a seguir celebrando tu vida como lo he hecho desde que te conozco: con admiración, con gratitud y con este cariño que me rebasa, porque es lo único que te mereces. Voy a seguir demostrándote cada día todo lo que tengo para darte y, si me dejas, te prometo que vas a ser la mujer más amada y que pienso enseñarte a cada instante lo mucho que te necesito, de todas las formas que te imagines.
Gracias por volver a mi vida y hacerla mejor de formas que jamás hubiese imaginado.

La carta que has leído en este relato, ganó un accésit en el Certamen de cartas de amor de Barakaldo