Vi los faros del coche demasiado tarde.
Estoy agotada, nerviosa, con la ropa arrugada y las manos aún temblando por el miedo. Es una hora indecente y los pasillos de urgencias están vacíos, pero no consigo sacarme el susto del cuerpo. Ya me han dicho que todo va a estar bien, todas las pruebas que me han hecho están perfectas, pero me siento incapaz de regresar a mi piso. Estoy totalmente sobrepasada y no puedo parar de pensar en el momento en que he perdido el control del volante.
La enfermera de guardia me mira amable, me indica con un gesto que está todo bien, que me marche a casa. Estoy a punto de dar el paso cuando su mirada se detiene en un punto detrás de mí.
—¿Necesita ayuda? —le pregunta a alguien que está a mis espaldas.
—No, gracias. Ya encontré a la persona que estaba buscando.
Me congelo. Seis meses de contacto cero desarmándose en una frase. Me giro lentamente, sin querer creer de verdad lo que acabo de escuchar, y ahí está. Mojado por la lluvia, con esa sudadera que siempre le quitaba, parado en un pasillo, a las tres de la mañana, mirándome con una ternura que hace que algo se rompa en mi interior.
Se queda quieto un segundo, mirándome como si le doliera verme así. Viene hacia mí sin dudar y me roza el brazo. Mi cuerpo reacciona a él totalmente convencido de que la historia no ha terminado, anhelando con cada poro ese contacto.
Su presencia ha deshecho el nudo que me lleva apretando toda la noche. Me calienta las manos con las suyas, me besa la frente con dulzura y me acerca a él. Y así, en silencio, dejo que la calma me inunde, que me devuelva al lugar del que, en realidad, nunca quise marcharme.
Esperanza. De nosotros.
Pero si la esperanza es creer que lo imposible pueda alcanzarse… ¿qué ocurre cuando fuiste tú misma quien lo alejó?
De vuelta a casa, su olor me inunda, intensificado por el espacio contenido de su coche. Mi pulso se sincroniza con el ruido del limpiaparabrisas mientras mi mirada desenfocada se pierde en una mancha en el salpicadero.
Recuerdos de nuestra última conversación sacuden mi memoria con cada golpe en el cristal.
No puedo más. No quiero más.
Me estremezco parpadeando y desvío la mirada hacia la ventana.
—¿Seguro que estás bien?
Su grave voz me devuelve a esta realidad, una de la que no sé cómo salir. Carraspeo como puedo, con la esperanza de sonar más segura de lo que en realidad me siento.
—Sí, ya lo has oído, todas las pruebas han salido bien —respondo mirándolo solo de reojo.
—No es a las pruebas a lo que me refiero, Sandra.
Me giro para mirarlo por primera vez desde que entramos en su coche. Nudillos en blanco por el fuerte agarre al volante. No aparta la mirada de la carretera, pero sé que tengo toda su atención.
—Te agradezco mucho que me hayas venido a buscar, a estas horas, con este tiempo… Imagino que te avisaron porque sigues en mi agenda como contacto de emergencia. Siento mucho las molestias.
—No tienes nada que agradecerme.
El picor en mis ojos, junto con el nudo en la garganta, me impiden arrancar palabra alguna de mis labios. Pero no aparto mi mirada de él.
—Me dijiste que te respetara, que necesitabas espacio —su voz se rompe por un segundo—. Pero cuando mi teléfono sonó en mitad de la noche, supe que algo te había pasado. Algo dentro de mí se hizo añicos cuando me dijeron tu nombre… Creí que… creí que te había perdido.
Es cuando veo una lágrima caer por su mejilla que recojo fuerzas suficientes para hablar.
—Para el coche —mi voz es firme y decidida.
—¿Qué? —confusión y miedo consumen su voz—. No, estamos en medio de la nada. Voy a llevarte a casa.
—Para el coche, por favor, Diego.
Oigo el ruido del intermitente en el momento en que digo su nombre. Aparca a un lado de la carretera y yo abro la puerta y comienzo a caminar mientras su voz suena detrás de mí.
—Por favor, ¡para, Sandra! —grita Diego, cerrando la puerta detrás de sí—. Acabas de tener un accidente de coche, joder.
Mis botas se empapan al instante, el barro me vuelve lenta y torpe, pero no paro.
—¡Sandy, para!
Ese apodo me atrapa como si de una cuerda se tratase. El aire se me queda atorado en el pecho. No logro dar un paso más, me quedo inmóvil bajo la lluvia.
Sus manos agarran mis brazos por detrás, firmes pero delicadas. Diego apoya su frente en mi cabeza; su suspiro manda un escalofrío desde mi nuca hasta mi estómago. El sonido de su voz me abraza de tal manera que no hay lluvia, ni barro, ni coche. Somos los dos de nuevo en el sofá, él abrazándome por detrás mientras comemos palomitas viendo Supernatural un domingo por la tarde.
—Ya te he perdido demasiadas veces —su voz es casi un sollozo—. No puedo perderte otra vez. Haría lo que fuese por tenerte de nuevo en mi vida, Sandy, lo que fuera.
En el momento en el que me giro hacia él, sus manos abrazan ambos lados de mi cara. Su intensa mirada me inunda, llena de un amor que he echado de menos todos y cada uno de los casi doscientos días que hemos estado separados.
—No puedo hacerte esto otra vez, Diego, sé lo mal que lo pasaste la última vez.
—Me importa una puta mierda —suplica con sus ojos—. Rómpeme el corazón las veces que haga falta. Lo arreglaré y volveré a por ti, porque vales la pena, Sandy; todo el dolor del mundo vale la pena con tal de tenerte a mi lado.
Diego es ese lugar del que quiero escapar para no romperlo, pero estos seis meses me han enseñado que, en realidad, él es el ancla que sostiene todo mi ser en su sitio. Y me acaba de demostrar que está dispuesto a luchar por mí y seguir siendo todo lo que necesito.
Me lanzo a esos labios con los que tanto he soñado en los últimos meses y él me recibe como si de un milagro se tratase. Su sabor es exactamente el mismo que recordaba y me hace volver al hogar del que nunca tendría que haber escapado.
La urgencia con la que su lengua busca el contacto con la mía me manda en una espiral de placer. Su agarre se vuelve más fuerte cuando sus dedos pasan a enredarse en mi pelo, en mi nuca. Yo inclino mi cabeza para darle más acceso, que llegue a tocar mi alma incluso.
Mis manos se deslizan por el interior de su sudadera y mis yemas sienten ese calor que su piel irradia. Da igual el agua, el frío, el viento, la nieve… Su piel ha sido siempre ese centro de calor que me mantiene en esta realidad.
Sus labios se separan ligeramente de los míos y comienzan a emitir las primeras notas de esa canción que ya me conquistó hace tanto tiempo en el sofá de su casa, mientras tocaba la guitarra solo para mí. Y yo sé que he vuelto a mi hogar. Diego.



