Si mi padre supiera que un Caruso está d3sangrándose al otro lado de mi puerta, no quedaría nada de esta casa… ni de mí.
—Sé que estás ahí, angelito…
Su voz es ronca y apagada, arrastrando un dolor que se siente en cada sílaba. A medida que pasan los minutos, siento que le cuesta más hablar. Observo su figura en el vídeo de la cámara de seguridad. Está sentado, apoyado en mi puerta, con una mano en las costillas. Incluso con la imagen pixelada, puedo ver la s4ngre filtrándose a través de sus dedos, cayendo a un ritmo cada vez más acelerado.
—¿Piensas que después de todo lo que tu familia ha hecho te mereces que abra esta puerta? —me digno por fin a responder—. Todos esos ataques a nuestros centros, ¿qué coño estáis haciendo?
Somos la tercera generación de Russo en guerra con los Caruso. Una guerra que siempre ha fingido ser silenciosa, pero cuyos gritos son cada vez más difíciles de ignorar.
Abrir esta puerta no es una opción.
Tengo que hacer que se marche. Si la policía apareciera y lo encontraran aquí, mi padre tendría muchas preguntas que responder. Ni siquiera los perros uniformados que tiene dentro podrían ayudarle en este caso.
—Después de lo que he hecho esta noche… —tose, la voz rota—. No… no tengo ningún otro sitio donde ir…
Siento un pinchazo en el pecho con esa frase. Es entonces cuando veo un filo de s4ngre aparecer por el rellano de mi puerta. Oigo un golpe y busco su figura de nuevo en la televisión. Perfecto, se acaba de desmayar.
Mierda.
Abro la puerta y los casi dos metros y cien kilos de hombre moribundo caen dentro de la entrada de mi casa.
El golpe resuena contra el suelo y en lo más profundo de mí.
¿Qué estoy haciendo?
Achille Caruso, incluso inconsciente y sangrando… sigue siendo muy peligroso. Si despierta antes de que decida qué hacer con él, estoy mu3rta.
Resoplando, me agacho y lo agarro por los antebrazos. Mis músculos se tensan al instante. Su cuerpo se siente caliente pero helado al mismo tiempo. El peso es absurdo, cada kilo recordándome lo mala idea que es lo que estoy haciendo.
Tiro con fuerza… y nada, ni un centímetro.
Intento mejorar mi agarre. Mi cara queda a escasos centímetros de la suya y es entonces cuando su olor me golpea, provocándome un nudo en el estómago.
Ese aroma metálico de la sangre se mezcla con madera de cedro y especias… fresco… con un toque de menta que debe llegar de su boca.
Aprieto los dientes y vuelvo a intentarlo usando las piernas. El cuerpo se mueve apenas unos centímetros y no sé si es alivio o agonía lo que siento.
Horas y horas en el gimnasio me ayudan en la tarea, pero el esfuerzo es brutal. No lo estoy cargando, no: lo arrastro, porque no hay otra opción.
Cuando finalmente consigo meterlo del todo dentro, siento mi cuerpo ceder cayendo al suelo de espaldas. El suyo, duro y musculoso, se apoya en mi pecho, entre mis piernas. Su pelo azabache roza mi mejilla. Lanzo un suspiro profundo… esto no ha hecho más que empezar.
Treinta minutos, dos juramentos al cielo y una alfombra que tendré que quemar después… el cabrón sigue sin despertarse. Y la alfombra está cada vez más roja… no es una buena señal.
No puedo llamar a mi padre; ahora que está dentro de mi casa he abandonado esa opción. No lo entendería… pero no puedo deshacerme de un cuerpo yo sola. Joder, voy a tener que coserle…
~
—¿De verdad eran necesarias las esposas… y la venda?
El sonido de su voz desde la habitación de invitados me sobresalta. Sigue siendo ronca, pero seguramente suena mejor que la última vez que la escuché.
—Buenos días, cielo, ¿has dormido bien? —digo con un tono estridente mientras le quito la venda, cañón de la pistola ya en su sien, dedo en el gatillo.
Sus ojos tardan unos segundos en adaptarse a la luz. Los entrecierra y, cuando por fin los abre, mi estómago da un pequeño vuelco. No los había olvidado, no. Son de un azul que es difícil de olvidar. Es que no me termino de acostumbrar a ellos, al contraste que crean con su pelo oscuro y su tez morena.
—Si hubiera sabido que te iban las esposas, me habría pasado por aquí mucho antes, angelito… —su tono vuelve a ser el de siempre, un perfecto hijo de puta que sabe el poder que tiene sobre las mujeres.
Pero no funciona sobre mí. No con toda la historia que hay entre nuestras familias. Años de guerra fría por un mercado que todos quieren han llegado al momento más sangriento. Donde, si seguimos así, no habrá ganadores, solo perdedores.
—No malgastes aliento. Dime ahora por qué no has ido a tu casa, ¿por qué has venido aquí?
—¿Cuánto tiempo he estado k. o.?
—Dos días…
—¿Me has tenido medio desnudo y atado en tu cama dos días? Quién sabe lo que habrás hecho con mi cuerpo…
—La necrofilia nunca fue lo mío —digo con un tono seco—. ¿Vas a responder a mi pregunta?
—Digamos que después de lo que hice la noche que me encontraste en tu puerta es posible que no sea bienvenido.
Lo miro con cara de incredulidad y escepticismo, aunque es todo fachada, porque el corazón me empieza a latir tan fuerte que creo que incluso él mismo podría oírlo.
Él entiende mi silencio y sigue hablando.
—Dos motivos principales —dice, intentando incorporarse con un gruñido—: uno, porque boicotear el asalto a vuestro laboratorio principal, también conocido como tu laboratorio, no está muy bien visto. Y dos… porque fue mi padre el que me disparó. Algo me dice que, si me vuelve a ver, querrá acabar lo que empezó.
—¿Por qué? —mi tono es frío y cortante.
—Normalmente, cuando te disparan, la gente espera que mueras… —dice con un tono divertido— y dicen que eres la inteligente de la familia…
—¿Que por qué —digo, bajando la pistola hasta colocarla debajo de su barbilla, apretándola aún más— has frenado el ataque, idiota?
Hace una mueca de dolor, pero su mirada sigue siendo desafiante y relajada.
—Sabes perfectamente por qué… —su sonrisa es lenta, peligrosa—. Sabes que me gusta defender con dientes lo que siento que me pertenece…
Exhalo temblorosa. Esta vez estoy segura de que hasta la vecina puede oír mi corazón a través de las paredes. Pero no me puede ver así, ni ahora ni nunca. Aprieto con más fuerza la pistola. Sus ojos se encienden y una media sonrisa empieza a dibujarse en su boca.
—No eres la primera que me apunta con un arma, Ari. Podrías ser más original y usar tus manos… sé que te manejas bien en el cuerpo a cuerpo.
Sin apartar la mirada, aparta la cabeza lentamente hacia un lado, alejándola de la pistola. Yo me quedo inmóvil, esperando su próximo movimiento. Es entonces cuando saca la lengua y lame todo lo largo del cañón, acabando con un beso en la punta. Todo lo remata con un guiño que hace que mi mundo entero colapse.
Aparto el arma de un golpe y apunto a su entrepierna. Por un momento veo miedo en sus ojos, pero desaparece al instante y se transforma en algo de lo que sé que no hay marcha atrás. No es solo su mirada: es la sonrisa que me muestra, sus jodidamente perfectos dientes blancos, sus ligeramente afilados colmillos que le dan un toque animal. Cómo muerde suavemente ese carnoso labio inferior.
—Eres un puto psicópata…
—Soy un puto psicópata que está deseando ver cómo te corres en su polla mientras gritas su nombre —su mirada se clava en mí mientras acorta la distancia—, y será mejor que me dejes las esposas puestas, porque lo que tengo intención de hacerte está considerado ilegal en más de un país. No pienso dejar de follarte hasta que me pidas de rodillas, con lágrimas en los ojos, que pare… eso, o hasta que caigas desmayada sin que quede un solo agujero en tu cuerpo en el que yo no haya estado dentro… lo que ocurra primero.
Siento un calor insoportable entre mis piernas. Esto no me tendría que poner. Tendría que apartarme y echarlo de mi casa.
Son años luchando contra esta energía que solo él emana. Es una fuerza que sentí ya desde el primer día que puse mis ojos en él, cuando éramos solo un par de adolescentes. Al principio creí que era odio, infundado por las acciones de dos familias.
Me lo repetí por casi una década. Pero hay un límite para todo.
El mío parece ser Achille arriesgando su vida por mí… y haciendo promesas que mi cuerpo lleva años queriendo cumplir.
Así que reacciono de la única manera que puedo esperar: apartar la pistola y llevar mi mano a mi bolsillo.
—Veamos si es verdad eso que dicen… —digo al alzarme de la cama, lanzándole una llave entre las piernas.
Me dirijo hacia el baño y siento sus ojos clavados en mi espalda.
—¿Qué es lo que dicen de nosotros, amore?
—…que los Caruso sois hombres de palabra.



