Visita a medianoche

—¿Qué os parece esta? —digo en el momento exacto en el que giro la cámara del teléfono hacia mi “obra de arte”.

En cuanto la imagen aparece en la pantalla del teléfono, la videollamada estalla en una carcajada única a tres voces. Con esta me he superado; Barbie Yoga da mucho juego y el Elfo travieso se lo está pasando en grande con la elasticidad de la rubia platino. Ocho años inventando travesuras para el elfo cado noche, la imaginación empieza a ser cada vez menos… navideña.

—Maya, con esta vas directa a la lista de traviesas. ¡Ese elfo se lo chiva todo a Papá Noel! —dice Bea, secándose las lágrimas de los ojos.

—Cariño, llevo tantos años ahí que ya tengo asiento reservado —respondo mientras coloco los muñecos en la estantería de nuevo.

—¡11:11, chicas! ¡Deseo, deseo! —dice Emma, con una emoción desbordante.

—En realidad son las 23:23 Emma, esto de los deseos se te va de las manos, pero no voy a decir que no a una oportunidad más—dice Liv con su habitual humor.

—Ya sabéis todas el mío… que aparezca un morenazo de ojos verdes para alegrarme el día de mierda que llevo —digo con un tono que, sinceramente, da pena.

—Venga, Maya, que tu príncipe llegará…

—No quiero un príncipe —interrumpo a Bea—, quiero… bueno, da igual. ¡Buenas noches, chicas!

—¡Deseos para que esta noche seas p…!

Corto la llamada antes de acaben la frase.

Dejo el móvil en la encimera, todavía sonriendo. Mis chicas siempre consiguen arrancarme una. Y hoy, joder, lo necesitaba, mi primera Nochebuena de esta vida de divorciada a la que sigo adaptándome.

Aprovechando que los niños están con su padre, decido darme la única cita que nunca falla: una copa de vino, un buen libro y una bañera caliente. No necesito más.

Salgo del baño como una persona nueva, con la toalla enrollada en el cuerpo, cuando oigo un tintineo… ¿cascabeles? Miro la hora y me sorprende ver que ya es medianoche. Los hijos de los vecinos tendrían que estar ya durmiendo. Pero claro, siendo las vacaciones de navidad

Crack.

—¡Joder! —siseo cuando mi pie choca contra algo en el suelo.

Enciendo la luz y me encuentro con Barbie Yoga, tumbada boca abajo, como si de la escena de un crimen se tratase.

—Juraría que te había dejado con tu novio, el Elfo, en la estantería.

Entonces veo que la estantería donde los había dejado está vacía.

Mierda. ¿Dónde he puesto el elfo?

Tengo que encontrarlo antes de que lleguen mis hijos o la tragedia se cernirá sobre esta casa.

Un escalofrío recorre mi espalda aún húmeda del baño cuando siento una presencia detrás de mí. Mi cuerpo entero entra en shock y no me muevo. En el momento en el que la presencia inhala profundamente mi cabello, mi cuerpo reacciona finalmente.

En tres zancadas estoy en la cocina, agarro el cuchillo más grande de la encimera y me giro apresuradamente.

Solo las luces tenues del árbol de Navidad iluminan la visión que hay ante mí: un hombre alto, corpulento, con una chaqueta roja de terciopelo abierta que deja al descubierto un torso tatuado, duro y trabajado. Pantalones rojos y unas botas militares negras.

Su pelo negro está cubierto por un gorro navideño también rojo, que a cualquier otro le habría quedado ridículo; a él, no.

Su rostro es demasiado perfecto para ser real: mandíbula marcada, barba incipiente y una boca de labios carnosos que en estos momentos tiene una media sonrisa dibujada. Me quedo de piedra al ver esas orejas puntiagudas…

—Hueles incluso mejor de lo que me imaginaba… —dice con una voz ronca y peligrosamente sensual.

—¿Quién…? ¡¿Cómo has entrado?! —logro decir entre gritos y susurros, apuntando desde lejos con mi arma improvisada.

Él inclina la cabeza, divertido.

—Técnicamente… tú me trajiste. Oficialmente, me manda Santa… o Papá Noel, si lo prefieres.

Mi cara es una mezcla entre confusión y terror que parece hacer las delicias del intruso.

—Cariño, llevo mucho tiempo viéndote dar sin pedir nada. ¿De verdad pensabas que no tendría sus consecuencias? Yo soy la tuya esta noche…


Sus ojos bajan lentamente por mi cuerpo y de repente soy consciente de que lo único que llevo es una toalla. Mi piel expuesta se eriza en el momento en que es tocada por ellos.

—¿Sabes cuánto tiempo llevas sin estar sola en casa en Navidad? —pregunta, dando un paso hacia mí.

Yo trago fuerte, pero no respondo; solo alzo mas el cuchillo, amenazando.

Él da otro paso, levantando los brazos en un gesto de rendición.

—¿Sabes cuánto tiempo llevo observándote sin poder tocarte, Maya?

Otro paso más y el espacio entre los dos desaparece por completo. Tan cerca que puedo sentir su olor a canela y menta. Las manos me sudan, pero no pierdo el control del cuchillo, que apoyo entre su cuello y su barbilla.

Él baja las manos y coloca la lama en un punto más central de su cuello, sin apartar su intensa mirada verde de mí.

Levanta la mano e introduce dos dedos entre el borde de la toalla y mi clavícula.

Ocho años… ocho putos años, Maya —su voz se vuelve un susurro.

Sus dedos no se mueven, pero su toque es suficiente para incendiar mi piel.

—No hay cuchillo —añade mientras baja el cuchillo lentamente, inclinándose sobre mí— ni toalla que me haya detenido nunca…

Sus labios rozan mi oído.

—¿Quieres dejar de jugar a las muñecas… y empezar a jugar conmigo esta noche, Maya?

Un suspiro tembloroso sale de mi boca, pero logro reunir la fuerza para hablar.

—¿Vas a… vas a hacerme daño?

—Solo aquel que tú me pidas. Llevo años escuchando lo que no dices en voz alta. Conozco tus gustos. De hecho… —comienza a buscar en la bolsa de cuero atada a su cintura— he traído esto.

Mis ojos se iluminan al ver cómo empiezan a salir de la bolsa las luces de Navidad.

—Sé que eres más de cuerdas, pero quería darle un toque más… ¿festivo?

Por primera vez siento que mi cuerpo empieza a relajarse.

Una mano se lanza lentamente a tocar su cara. Mis yemas sienten el calor que emana, la aspereza de su barba, pero también la suavidad de su piel. Él inclina la cabeza hacia mi mano, ofreciéndose al roce, como si llevara tiempo esperando justo esto.

No puedo evitar mover mi mano hacia arriba y tocar su oreja, recorriendo el lóbulo hasta llegar a la punta. Siento cómo se estremece.

—¡Perdona! —digo, apartando la mano rápidamente.

—Tranquila, son muy…

—¿Sensibles?

—Eso es… sensibles —dice mientras coge mi mano y se la lleva hasta sus labios, rozando mis dedos contra ellos…, besándolos con suavidad.

Yo no puedo apartar la mirada de ellos.

—Se siente tan real —digo, aún hipnotizada.

—¿Quieres que te haga sentir lo real que puedo llegar a ser? —dice antes de introducirse dos de mis dedos en la boca, sin apartar la mirada.

Mis piernas ceden sin mi permiso y él aprovecha para soltar mi mano y pasar un brazo por debajo de mis rodillas y el otro por mi espalda, alzándome con facilidad. Yo paso los brazos por su cuello; solo escasos centímetros separan nuestras caras.

—Si lo quieres, Maya, tienes que pedírmelo. Tengo que escucharte decirlo.

—Sí, sí, sí…

—Sí, ¿qué, cariño?

—Sí, quiero sentir lo real que puedes llegar a ser.

Una sonrisa maléfica se dibuja en su cara.

—Eso es —su boca se acerca a mi cuello, dando un mordisco a mi lóbulo—. Esta noche no tienes que cuidar de nadie. Déjame ocuparme de ti…

Con eso, todo lo demás desaparece. Cierro los ojos y me abandono en sus labios, en cómo recorren mi cuello, mi hombro. En cómo sus dedos juegan con mi espalda y mis piernas. Su olor embriaga todos mis sentidos; es dulce, con un fondo picante, como el jengibre caliente. Nunca hubiera imaginado que este olor pudiera resultar tan masculino al mismo tiempo.

Abro los ojos solo cuando siento cómo me apoya delicadamente sobre la cama. Los clavo en él, memorizando cada movimiento mientras se quita la chaqueta de terciopelo y la deja caer al suelo. Los bíceps que se intuían debajo cumplen todas mis expectativas: deliciosamente grandes y marcados.

Entonces se inclina sobre mí; su mano se acerca al nudo de mi toalla.

—Es hora de deshacernos de esto…

De un tirón la abre por completo, dejándome totalmente desnuda ante él.

—Mmmm…

Un dedo recorre mi clavícula, baja entre mis pechos, el estómago, hasta llegar a mi ombligo, donde empieza a hacer círculos muy despacio.

—Voy a hacer mío cada centímetro de este cuerpo.

Se inclina de nuevo y su boca se dirige a mi pezón. Primero lo chupa, jugando con su lengua alrededor; después lo envuelve entre sus labios, llegando a usar los dientes. La sensación me lanza al vacío. Oleadas de placer inundan todo mi cuerpo, concentrándose en el bajo vientre. Lanzo un gemido con una voz que no parece la mía; mi mente me traiciona, como si este no fuera mi cuerpo.

Con la mano agarra con fuerza mi otro pecho, pellizcando el pezón entre sus dedos, dejando un dolor exquisito que cortocircuita todo mi ser.

Arqueo la espalda, clavando la cabeza contra el colchón, mi cuerpo intentando instintivamente romper toda la distancia entre nosotros.

Su otra mano comienza a bajar hasta donde mis piernas se unen; estas se abren inmediatamente para él. Siento su sonrisa sobre mi pecho cuando nota lo empapada que estoy por él.

Dos dedos se introducen lentamente y con facilidad mientras, con el pulgar, empieza a jugar con mi clítoris. Mis manos se lanzan a su cabeza, apretándolo con fuerza contra mí.

Cuando sus dedos empiezan a tomar velocidad, percibo cómo un torbellino de sensaciones comienza a formarse en mi bajo vientre. Mi cuerpo ansioso por un orgasmo que no venga de mis propias manos, se sobresalta cuando siento cómo sus dedos me abandonan y su boca deja mi pezón para acercarse muy lentamente a mis labios, rozándolos con los suyos con delicadeza.

—Voy a hacer todos tus deseos realidad esta noche —sus labios son suaves y carnosos contra los míos—, pero no olvidemos todas las travesuras que me has hecho presenciar. No te vas a correr hasta que yo considere que has perdido tu asiento reservado en la lista de traviesas… Tenemos toda la noche por delante. Esto es solo el principio.