Sudor y tinta

—Eh… ¿puedes repetir la pregunta?

—Sí, claro, ¿cuál es tu posición favorita?

Me quedo de nuevo sin palabras, hay algo hipnótico en el modo en el que se mueven sus labios. Al principio pensé que era ese color rojo que quita el aliento, pero luego he visto que es algo más, es la forma en la que el labio superior se apoya en el inferior. Son carnosos y sensuales. A veces perfectamente simétricos, otras simplemente no…

—Eh… —intento encontrar el sentido a la pregunta y no parecer un idiota, pero fallo miserablemente.

—…en el ring, ¿cuál es tu posición favorita para noquear al adversario? —dice, sus grandes ojos color whisky se iluminan detrás de esas gafas de pasta negras que le quedan como esculpidas en su cara perfecta.

En cuanto el coach me dijo que la revista más prestigiosa del sector quería entrevistarme, puse una única condición: que fuera ella quien la hiciera. Que estuviera especializada en tenis no les hizo ninguna gracia, claro… pero estaban tan desesperados por conseguir la exclusiva que aceptaron sin rechistar. No sé cómo me las apaño, pero siempre termino saliéndome con la mía.

—Ah, sí, la posición. Peek-a-boo.

—¿Eso… es una posición?

Intento contener la sonrisa, no me puedo creer que la tenga aquí delante. Después de meses observándola desde la distancia, por fin puedo tenerla cerca y es aún mejor de lo que me imaginaba. Su olor, su voz, su presencia… es jodidamente perfecta.

—Sí. Es cuestión de saber cómo usar bien las manos. Me permite entrar rápido… pegar fuerte… y mantenerte justo donde te quiero.

Siento cómo su respiración se entrecorta un segundo, por un momento sus piernas se cierran más de lo que estaban, se agarra a las cuerdas del ring para no perder el equilibrio. Pero carraspea inmediatamente y continúa.

—Oh, qué… interesante —dice, bajando la mirada a su bloc de notas.

¿Se ha puesto nerviosa? Alma Santos, periodista de élite con años de experiencia, ¿se ha puesto nerviosa conmigo? Esto es demasiado bueno para ser cierto.

—¿Quieres que te enseñe? —digo con un tono más bajo de lo normal.

Alma pestañea y abre los ojos de par en par. Intenta tragar saliva con normalidad, pero falla en el intento. Joder, está preciosa cuando intenta ser profesional.

—¿La… la posición? —pregunta, ajustándose las enormes gafas.

—Mhm… —me acerco despacio mientras termino de ajustarme las vendas—. Es más fácil entenderlo si lo ves y… lo vives.

Cuando llego a su altura, me apoyo en las cuerdas justo delante de ella. Incluso desde el otro lado puedo prácticamente sentir cómo se le acelera el pulso. Sus pupilas se dilatan como si no quisieran perderse detalle de lo que tiene frente a ella.

Yo me pierdo en sus ojos, pero los míos me traicionan bajando hasta sus labios, observando cada detalle de su redondeada pero puntiaguda nariz, cada peca en ella, hasta llegar de nuevo a mi perdición. ¿Por qué se los ha tenido que pintar de rojo? Voy a morirme aquí mismo si no los pruebo inmediatamente.

—No… no sé si es apropiado… —me dice; noto un ligero temblor en su voz que hace que todo en mí cobre vida.

—Ok… —con una última mirada a sus labios me doy la vuelta, dirigiéndome al centro del ring, cuando su voz me detiene.

—Espera.

Me doy la vuelta y veo cómo se agacha a dejar el cuaderno en el suelo. Entonces levanta la cuerda central y superior, pasando por debajo de ellas. Sus tacones de suela roja golpean el ring como nunca nadie antes lo había hecho.
Se posiciona delante de mí, clavándome la mirada y se relame ligeramente los putos labios…

—Enséñame.


Me agarra una mano y empieza a inspeccionar de cerca las vendas, muy, muy de cerca. Sus dedos son cálidos y suaves, crean contraste con los míos llenos de rasguños y heridas. Veo curiosidad en su mirada, pero también una luz que no estaba antes.

—Siempre me han llamado la atención las manos de los boxeadores… —dice; su tono es cálido, con un toque inocente que me descoloca.

Cuando se acerca mi mano a la boca, introduciendo mi dedo en ella, mi mente se apaga como si alguien hubiera arrancado todos mis cables. Ahora soy yo quien tiene dificultad para tragar.
Sus labios se envuelven alrededor de mi dedo, succionando de una manera que mi polla prácticamente grita de envidia. Siento su lengua, suave y caliente, jugar con él, veo cómo sus mejillas se hunden y yo no puedo apartar la mirada, ni siquiera cuando deja de hacerlo para hablar.

—¿Quién crees que solicitó e insistió en que esta entrevista tenía que hacerse? —su tono de voz ha dado un giro de 180 grados. Sus ojos me atraviesan mirándome por encima de esas gafas que ahora caen ligeramente sobre su nariz.

Al otro lado de las cuerdas estaba la profesional, con un toque tímido e inocente. A este lado, tengo ante mí al rival más jodidamente fuerte al que yo me haya enfrentado.
Se acerca aún más, introduciendo los dedos en la cintura de mis shorts. Su roce contra mi estómago hace que mi piel arda.

Mis manos actúan por cuenta propia y se dirigen directamente a agarrar su perfecto culo, atrayéndola hacia mí. Apoyo con fuerza mi polla contra ella. Sus manos en mi pecho descubierto se aferran como si tuviera miedo de que escapara.

—Dominic…

Mi nombre en un suspiro de sus labios, a escasos milímetros de los míos, podría hacer que me corriera aquí mismo.

—Yo… no voy despacio —logro decir con un jadeo entrecortado, con toda mi fuerza de voluntad luchando para no lanzarme, no hasta que ella sea consciente de lo que le espera.

—Me gustaría verlo con mis propios ojos…

Era lo único que necesitaba para ir por fin a esa perdición con la que llevo soñando meses. Son infinitamente mejores de como me los imaginaba. La devoro con una fuerza que podría asustar a cualquiera de mis compañeros. Pero ella no retrocede, no siento el más mínimo miedo al modo en el que la agarro y aprieto contra mí, al modo en el que reclamo ese cuerpo que parece hecho para encajar con el mío.

—Ponte de rodillas —murmuro contra su boca—, veamos si sabes usarla tan bien como lo hiciste con mi dedo.

Una sonrisa se dibuja en su preciosa cara de chica buena mientras se agacha, una sonrisa que engañaría al mismo diablo.
Sus uñas largas y rojas arañan mis abdominales hasta llegar a mis shorts y los baja de manera delicada. Cuando mi polla por fin se libera, su mano me envuelve al instante. Se relame de nuevo mientras la observa con atención. Nunca, en mi puta vida, me hubiera imaginado poder llegar a estar así con ella, tan deseosa de mí, tan desesperada por probarme. El infierno entero se me concentra en la base de la columna cuando su lengua roza la punta primero, saboreando todo lo que he anticipado por ella. Sus movimientos son lentos, premeditados. Sus labios rodean por fin mi glande, pero no pasan de ahí. La muy cabrona sabe lo que hace, me está matando lentamente y lo sabe.

—Alma… —gruño, no sé si como una advertencia o una súplica.

Ella aprieta más los dedos alrededor de mi base, sin dejar de mirarme hacia arriba con esos ojos color whisky por encima de esas jodidas gafas que van a ser mi puta ruina.

—Te dije que quería verlo —susurra contra mi piel, y esa vibración me destroza.

Agarro su pelo por la raíz, tirándole de la cabeza hacia atrás, acerco mi cara hasta la suya.

—Coge aire, Alma, porque te la voy a meter hasta el fondo, no vas a poder respirar por un rato, ¿entendido? Si algo te duele más de lo que te gusta, me lo dices —ella asiente sin romper la sonrisa—. ¿Necesitas palabra de seguridad?

Alma niega con la cabeza y yo tengo que respirar hondo para contener al animal que está despertando dentro. La beso con fuerza y ella me muerde el labio justo antes de separarnos.
Emito un siseo de dolor mientras me incorporo. Veo cómo respira profundamente y asiente ligeramente con la cabeza. Agarro con más fuerza su pelo y espero a que abra bien la boca. Entonces se la meto hasta el fondo, como la he prometido, sin importarme los dientes o lo que se ponga en medio. Lo necesito.
Empiezo a hacer fuerza con mi mano en su pelo, pero no es necesario, Alma coge un ritmo que me hace echar la cabeza hacia atrás, inundado por el placer.

—Me cago en mi puta vida, Alma… ¿dónde cojones has estado hasta ahora? —digo jadeante—. Eso es, sigue así, nena, lo estás haciendo muy bien.

Siento un murmullo crearse en su garganta y veo cómo mueve las piernas, buscando una fricción entre ellas que yo estoy tardando demasiado en darle, pero las cosas buenas se hacen esperar…

Tiro de su cabeza hacia atrás y de nuevo me acerco hacia ella. Su boca está hinchada y empapada, una diosa en tierra.

—A mi chica le gustan los elogios, ¿eh? —le digo, mordiéndole el labio—. ¿Sabes lo que les pasa a las que hacen bien algo? Que son recompensadas. Ahora, quítame los pantalones.

Con mis pantalones en el suelo, suelto mi agarre contra su pelo. Me agacho, sujetándola por la cintura y poniéndola sobre mi hombro, camino hasta las cuerdas. Su risa me inspira y no puedo evitar darle una fuerte cachetada en su culo apretado, haciéndola lanzar un gemido de placer.

—Agarra las cuerdas —digo mientras la apoyo en el suelo—. ¿Seguimos sin palabra de seguridad?

—Si sigues preguntándome voy a pensar que eres tú quien la va a necesitar —dice girándose sobre sus tacones y agarrando las jodidas cuerdas.

Cada curva de su cuerpo se adapta perfectamente a esa falda de tubo negra que lleva. Su culo, perfecto en cada detalle, se expone delante de mí como una obra de arte a punto de ser admirada. Más bien, devorada.

Con una delicadeza y calma no características de mí en absoluto, le bajo la cremallera de la falda, poco a poco comienzo a bajarle la falda también. Un magnífico tanga de encaje se presenta ante mí, por supuesto color rojo.
Mi instinto decide por mí: lo muerdo, tiro y lo rompo en dos sin pensarlo. Por muy bonito que sea, no puede haber nada entre nosotros ahora mismo. El grito de sorpresa e incredulidad de Alma me enciende aún más.

Me agacho ante ella, le agarro las nalgas con mis manos aún con las vendas, acariciando la suave piel de su trasero. Entonces aferro con más fuerza y las separo, exponiendo totalmente su coño a mis ojos. Está tan empapada que una gota comienza a caerle por las piernas.
Mi boca se lanza a devorarla, empezando directamente con su culo. Mi mano se desliza desde su nalga hasta su clítoris y me dedico a acariciarlo, haciendo círculos, mientras mi boca sigue consumiendo su agujero de atrás. Oigo gemidos desesperados salir por la boca de Alma, nada me hará parar, fue ella la que decidió no usar ninguna palabra de seguridad.

Cuando empiezo a introducir dos dedos por su entrada, esos gemidos se transforman en gritos con mi nombre, pidiéndome que no pare. Podría venir el mismísimo Muhammad Ali a intentar noquearme y yo no me pararía. No puedo, sabe demasiado bien, es demasiado perfecta.

Siento sus suaves paredes agarrar mis dedos con más fuerza mientras grita desesperada, entonces los saco y mi boca se lanza a su coño, quiero exprimir hasta la última gota que produzca para mí. Cuando siento que he tenido suficiente, me alzo, agarrándola fuerte por la cadera con una mano mientras con la otra la agarro del pelo, atrayéndola hacia mí.

—Pienso rellenar estos dos agujeros que tanto he saboreado hasta que acabes goteando por las piernas —digo antes de dejar caer lentamente un hilo de saliva sobre su culo—. Ponte cómoda porque llevo mucho, mucho esperando este momento… Luego, si quieres, te explico el puto peek-a-boo.