¿En qué momento Lara pensó que sería buena idea hacernos llevar estos vestidos?
Si la cremallera en la espalda no fuera suficiente, los mil botoncitos no ayudan en mi misión de ser una mujer independiente…
La mueca que hago cuando la puerta de la habitación se abre bruscamente y veo su cara no pasa desapercibida.
—Qué alegría verte a ti también, princesita. ¿Qué haces aquí? Todas las damas de honor están ya en el jardín —dice Río con un tono que me hace poner los ojos en blanco… y no de placer.
—Te he dicho mil veces que no me llames así —digo, cortante—. Créeme, eres la última persona a la que querría aquí ahora mismo.
—Mmm… veo que tienes problemas para acabar de vestirte… ¿o es que te estabas desnudando para mí? —la mirada traviesa que me lanza hace que me dé un vuelco el estómago. Cómo me jode que le quede tan bien ese traje. Los tatuajes que asoman por su cuello y muñecas hacen que me replantee todo.
Se acerca muy lentamente, posicionándose detrás de mí. Nuestras miradas se cruzan en el espejo y recuerdos de la noche anterior me atraviesan como balas.
—¿Me vas a pedir que te ayude o no? —un dedo suyo recorre mi columna de arriba hacia abajo—. Anoche no estabas tan fría como hoy…
—Déjalo, voy a busc… —me giro para salir por la puerta, pero Río alarga su brazo y me agarra por la cintura, acercándome hacia él.
—Solo tienes que decir “por favor”…
—Ni en tus sueños —respondo con rabia, acercándome peligrosamente a su cara.
En un movimiento que no veo venir, Río me gira y mi espalda choca suavemente contra el espejo. Una de sus manos queda apoyada sobre el cristal, firme, encerrándome; la otra asciende hasta mi cara, rozando mis mejillas con una delicadeza que no pega con el brillo hambriento de sus ojos. Puedo sentir cada centímetro de su cuerpo duro sobre mí, el calor que emana hace que mi piel se incendie. Nuestras bocas, a escasos milímetros.
—Ni te imaginas los sueños que tengo contigo, las cosas que te hago, cómo suplicas, cómo tus labios pronuncian mi nombre mientras…
—Lo de anoche fue un error, Río —le interrumpo antes de que acabe la frase—. Estaba borracha, no sabía lo que decía.
Mi corazón late a mil por hora. Odio lo que me hace sentir, cómo cada poro de mi cuerpo necesita su contacto.
¿Por qué tuve que beber tanto anoche?
¿Por qué tuve que abrir la maldita boca confesando todo lo que siento por él?
—No creo que fuera un error. Lo que creo es que tu cuerpo te traicionó, como te está traicionando ahora mismo —sus ojos se clavan en mí, en mi boca. De repente me olvido de cómo respirar—. Dime cómo quieres que te llame y así lo haré, dímelo, preciosa… necesito que todo lo que me dijiste ayer que me ibas a hacer lo hagas realidad.
—Eres insoportable…
—Puede ser… —siento sus labios tan cerca, su olor inundando mis sentidos—. Pero ¿qué pasaría ahora si metiera mis dedos en esas braguitas color rosa? Demuéstrame que no estás empapada por mí y te cierro el vestido y me largo por esa puerta.
—Que te jodan.
—Exactamente…
Su mano se cuela por la apertura en mi espalda, deslizándose hasta mi trasero y agarrándolo con fuerza. Entonces siento cómo empieza a apartar mis braguitas.
—Ni se te ocurra seguir… —mi voz suena segura, pero tiembla.
Río para inmediatamente, pero me clava la mirada, haciendo una mueca de dolor exagerada.
—¿Cuándo vas a admitir que lo que sientes por mí no es odio, sino otra cosa mucho más… intensa? —su voz es ronca y profunda; cada centímetro de mi piel reacciona ante ella, erizándose.
—No entiendes las consecuencias de todo esto…
—Créeme, las entiendo. Y me importa una puta mierda.
—Joder, Río…
—Eso mismo digo yo… —se agacha, rozando ligeramente su nariz con la mía—. Déjate llevar, princ… ¡ay, joder!
Mi mano agarrando fuertemente su paquete lo interrumpe.
—Nunca sabes cuándo callarte, ¿verdad? —le digo sin soltar, mirándolo fijamente.
—Nop, aunque admito que un poco de dolor nunc…
Esta vez es mi boca la que impide que acabe la frase. Me lanzo hacia él con una fuerza que no conocía en mí. Mis labios recorren los suyos con todo el deseo reprimido durante años. Él se abre para mí, dejándome explorar esa parte de él que no sabía que necesitaba tanto.
Su abrazo me envuelve por completo, sus manos firmes en mi cintura, alzándome como si nada. Aprovecho el momento y enrosco mis piernas alrededor de su cintura sin dejar de besarlo; no creo que pueda parar, sabe demasiado bien y encajamos perfectamente.
Río me apoya contra la pared y libera sus manos, que ahora recorren todo mi cuerpo. Su boca deja la mía, pero empieza a besarme el cuello de manera deliciosa, mordiendo y lamiendo sin piedad. Yo inclino la cabeza hacia atrás, dándole más acceso. Él responde con un murmullo que me hace temblar. Entonces aprieta su entrepierna contra mí, haciéndome notar lo grande y duro que está.
No puedo evitar un grito de sorpresa.
—¿Te das cuenta de lo que me haces? —dice, apretándose de nuevo contra mi centro—. ¿Lo loco que me vuelves? Todas las peleas, todos los insultos que me lanzabas… yo estaba así… por ti.
—Cállate, Río, por favor. No hagas que me arrepienta.
Lo silencio de nuevo con mi boca, y esta vez soy yo la que frota mi centro contra su polla. Él sonríe contra mis labios, seguramente notando lo mojada que estoy. Me agarra el culo con ambas manos, restregándome aún más contra él.
Mi respiración se corta cuando deja de tocarme con una de sus manos para buscar algo en su bolsillo.
—¿Qué haces? —pregunto, aún sin aliento.
—Tengo miedo de que, si te dejo en el suelo para ponerme el condón, cambies de idea…
—No seas ridículo. —Pongo los pies en el suelo y, con una mano, me alzo el vestido para quitarme las braguitas, dejándolas caer a mis pies.
La mirada de Río es una mezcla de incredulidad, sorpresa… y puro deseo.
Por fin llevo mis manos a su pantalón y empiezo a bajarle la cremallera mientras él abre el envoltorio. Lo ayudo a ponérselo, no sin antes deslizar mis dedos por su glande, extendiendo el líquido preseminal que empieza a salir. El leve gemido que se le escapa y la forma en que cierra los ojos, mordiéndose el labio inferior, me encienden obscenamente.
—Mmmm… siempre tan mandona…
—Como si no me conocieras —digo mientras alargo mis brazos alrededor de su cuello, ayudándolo a alzarme.
Río posiciona su polla contra mi entrada, restregándola, presionando sobre mi clítoris y deslizándola hacia atrás, empapándose.
—Te voy a manchar los pantalones —digo entre risas.
—¿De verdad crees que eso es un problema ahora mismo? Si por mí fuera no saldría de esta habitación en todo lo que dura la boda —dice mientras empieza a introducirla lentamente.
Nuestras respiraciones se entrecortan, bocas rozándose, compartiendo un mismo aliento.
—Joder, princ… perdona… preciosa, eres un puto sueño.
Cuando por fin aumenta el ritmo, mis ojos se ponen en blanco. Es tan grande que, con esta posición, llega a puntos donde nadie había llegado antes. Sus manos aferrando mi trasero no me dan tregua. Tengo que dejar de besarlo porque es demasiado; miro al techo, necesito aire, necesito… necesito…
El orgasmo me sacude de golpe. Es intenso, profundo, siento cómo todo mi cuerpo arde desde dentro. Los sonidos que se escapan de mi boca son camuflados por la suya, intentando controlarme como puede.
—Nadie había hecho que te corrieras así, ¿eh? —dice con media sonrisa cuando recupero la respiración.
—Cierra esa boca si quieres correrte tú también.
—Oh, créeme, después de lo que acabo de presenciar… puedo morir tranquilo.
—Te odio.
—Sí, sí… y yo a ti, cariño.



